Passerini juega su legado mientras Quinteros acelera la carrera por la sucesión en la Capital

Sin posibilidad de reelección y luego de atravesar la etapa más compleja de su gestión, Daniel Passerini enfrenta el desafío de reconstruir su imagen y devolverle competitividad al peronismo en la ciudad de Córdoba. En paralelo, el crecimiento político de Juan Pablo Quinteros reconfigura la interna del oficialismo y comienza a perfilar al principal aspirante para suceder al actual intendente en 2027.

La cuenta regresiva hacia 2027 ya comenzó en el peronismo cordobés y, aunque faltan dos años para la elección municipal, la disputa por la sucesión en la ciudad de Córdoba empezó a condicionar las decisiones de gobierno. Daniel Passerini atraviesa el momento más delicado desde que llegó al Palacio 6 de Julio. Sin posibilidad de buscar un nuevo mandato y después de una gestión marcada por crisis políticas, conflictos de gestión y un fuerte desgaste en la opinión pública, el intendente enfrenta el desafío de cerrar su administración con resultados que permitan sostener el proyecto político de Martín Llaryora.

La preocupación excede la figura del jefe municipal. En el Centro Cívico existe la convicción de que la Capital será el distrito donde se jugará buena parte del futuro del cordobesismo. No sólo concentra el mayor caudal electoral de la provincia, sino que representa el territorio desde donde Llaryora construyó su liderazgo político. Perder esa plaza significaría un golpe estratégico para cualquier aspiración provincial del oficialismo.

Por eso, la recuperación de la ciudad dejó de ser únicamente un objetivo municipal para transformarse en una prioridad del Gobierno provincial.

En ese marco debe leerse la decisión de la Provincia de destinar unos 130 mil millones de pesos para obras de bacheo, iluminación y recuperación urbana en la Capital, con una fuerte supervisión provincial sobre la ejecución. El mensaje político es claro: Llaryora no está dispuesto a que la gestión municipal llegue debilitada al proceso electoral.

La estrategia también contempla una presencia cada vez más activa del gobernador junto al intendente. Las recorridas por barrios, inauguraciones y anuncios conjuntos buscan transmitir una imagen de coordinación y respaldo mutuo en un momento donde el oficialismo necesita recuperar iniciativa.

El costo de las crisis

La gestión de Passerini quedó atravesada por una serie de episodios que deterioraron su capital político, aunque ninguno produjo un impacto tan profundo como el femicidio de Agostina Vega.

La investigación reveló que Claudio Barrelier, detenido como principal sospechoso del crimen, era becario municipal y mantenía vínculos políticos con el exconcejal Ricardo Moreno. El caso provocó una fuerte conmoción social y colocó al municipio en el centro de las críticas.

A diferencia de otras crisis, esta vez Passerini optó por una estrategia distinta. En lugar de delegar responsabilidades, decidió asumir públicamente el costo político.

Dentro del municipio sostienen que ese cambio de actitud terminó siendo uno de los pocos activos que dejó el episodio. El intendente reconoció su responsabilidad institucional por la incorporación del becario y buscó mostrar capacidad de reacción frente a una sociedad que reclamaba respuestas inmediatas.

Desde entonces la Municipalidad impulsó una serie de medidas destinadas a recuperar credibilidad: controles de antecedentes para empleados y becarios, revisión de designaciones, digitalización de procedimientos administrativos y un renovado plan de obras públicas.

En el oficialismo consideran que esas decisiones marcaron un punto de inflexión. Sin embargo, también admiten que todavía resta mucho camino para revertir el desgaste acumulado durante los primeros años de gestión.

La ciudad como eje del proyecto de Llaryora

En el peronismo nadie oculta que el desempeño de Passerini tendrá consecuencias directas sobre la estrategia provincial.

La ciudad de Córdoba continúa siendo uno de los territorios más difíciles para el justicialismo. Históricamente esquiva para el PJ, sólo pudo ser conquistada tras un largo proceso político encabezado por Llaryora, que logró consolidar una estructura territorial capaz de romper décadas de predominio opositor.

Por eso, sostener la Capital se transformó en una cuestión estratégica.

Más aún en un escenario donde La Libertad Avanza pretende consolidarse como principal fuerza opositora y donde el radicalismo y el juecismo buscarán reconstruir una oferta competitiva.

Quinteros empieza a despegar

Mientras Passerini intenta reconstruir su gestión, otro dirigente comenzó a ocupar el centro de la escena.

Juan Pablo Quinteros dejó de ser únicamente el ministro de Seguridad para convertirse en uno de los nombres con mayor proyección dentro del oficialismo.

Su nivel de exposición pública creció al calor de algunas de las políticas más visibles impulsadas por el Gobierno provincial: la reorganización del estacionamiento medido, la creación de los controladores urbanos, la eliminación de los cuidacoches y una política de seguridad con fuerte presencia territorial.

En el Centro Cívico destacan, además, su decisión de dar la cara en cada conflicto.

Incluso quienes meses atrás cuestionaban su desempeño durante la investigación por el femicidio de Agostina Vega hoy consideran que aquel episodio quedó políticamente superado. La explicación que ofrecen en el oficialismo es que el avance de la causa terminó fortaleciendo la posición del ministro al entender que tanto la Policía como el Ministerio actuaron conforme a los procedimientos establecidos.

Ese cambio de percepción alimentó una conclusión que empieza a repetirse dentro del PJ: Quinteros aparece hoy como el dirigente con mejores condiciones para competir por la intendencia.

Una interna que empieza a ordenarse

El ascenso político del ministro también modificó el mapa interno del peronismo capitalino.

Héctor «Pichi» Campana mantiene intacta su intención de disputar la candidatura, aunque perdió protagonismo frente al crecimiento de Quinteros.

Algo similar ocurre con Miguel Siciliano, quien recientemente aseguró que no buscará la intendencia, pese a que durante mucho tiempo fue considerado uno de los nombres naturales para suceder a Passerini.

Mientras tanto, otros dirigentes siguen de cerca la evolución del escenario. La vicegobernadora Myrian Prunotto, el viceintendente Javier Pretto, Marcelo Rodio, Juan Pablo Viola e incluso Nadia Fernández aparecen entre los nombres que nadie descarta para una eventual competencia interna.

Sin embargo, en todos los análisis aparece una constante: cualquier definición dependerá, en última instancia, de Martín Llaryora.

El factor Llaryora

La experiencia de 2023 todavía pesa dentro del oficialismo.

En aquella oportunidad fue el propio gobernador quien resolvió que Daniel Passerini encabezara la boleta municipal, privilegiando la confianza política y la cohesión del espacio por encima de otros nombres que también aspiraban a competir.

Nada indica que esa lógica vaya a modificarse.

Aunque algunos dirigentes impulsan la posibilidad de una interna para legitimar al futuro candidato, dentro del cordobesismo predomina la idea de que Llaryora volverá a tener la última palabra sobre quién representará al espacio en la elección municipal.

La decisión será una de las más trascendentes de su proyecto político.

El reloj ya empezó a correr

Para Daniel Passerini, los próximos dos años representan mucho más que el cierre de una administración.

Su desafío consiste en reconstruir una gestión golpeada por las crisis, recuperar la confianza de los vecinos y entregar una ciudad competitiva al candidato que finalmente elija el oficialismo.

Para el peronismo, en cambio, el debate ya dejó de ser cómo terminar este mandato y pasó a concentrarse en quién tendrá la responsabilidad de defender el distrito más importante de la provincia.

Porque, mientras Passerini intenta recuperar terreno perdido, la carrera por la sucesión ya comenzó. Y, por ahora, quien parece haber tomado la delantera es Juan Pablo Quinteros.

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