El ministro de Seguridad se consolidó como uno de los funcionarios de mayor confianza de Martín Llaryora y ya aparece en el radar para la sucesión de Daniel Passerini. Sin embargo, su pasado opositor y las resistencias internas revelan que la estrategia del Partido Cordobés todavía convive con viejas disputas de poder.

En la política cordobesa pocas áreas representan un mayor riesgo que el Ministerio de Seguridad. La historia reciente demuestra que esa cartera suele convertirse en un desgaste permanente para quienes la conducen. Narcoescándalos, el acuartelamiento policial de 2013, el caso Blas Correas, la crisis del Hospital Neonatal y las sucesivas denuncias por corrupción institucional marcaron una etapa en la que prácticamente ningún ministro logró atravesar el cargo sin quedar políticamente golpeado.
Por eso, la permanencia de Juan Pablo Quinteros al frente del Ministerio ya constituye un dato político en sí mismo. Pero el fenómeno va más allá de la continuidad administrativa: el ministro dejó de ser únicamente un funcionario para transformarse en una pieza de la estrategia electoral de Martín Llaryora.
Su creciente protagonismo no parece casual. Mientras otros ministros reducen su exposición pública, Quinteros concentra operativos, anuncios, conferencias y presencia mediática, convirtiéndose en una de las caras más visibles del Gobierno provincial. En un gabinete donde abundan perfiles técnicos y de bajo volumen político, el titular de Seguridad ocupa un espacio que el gobernador parece estimular deliberadamente.
Del adversario al dirigente con mayor proyección
Quizás la mayor paradoja de la gestión de Llaryora sea que uno de los dirigentes con más proyección dentro del oficialismo no proviene del peronismo.
Durante años, Quinteros construyó su carrera política desde la oposición. Fue referente del juecismo, cuestionó con dureza al cordobesismo y llegó a bautizar a Martín Llaryora como «el señor de los rodillos», en referencia a una forma de ejercer el poder que entonces criticaba abiertamente.
Sin embargo, la política suele modificar posiciones cuando aparecen intereses comunes.
Tras las elecciones municipales de 2023, el entonces candidato independiente comenzó a acercarse al actual gobernador a partir de un diagnóstico compartido sobre la seguridad urbana. Esa coincidencia terminó derivando en su incorporación al gabinete provincial.
Desde entonces, la relación política se fortaleció hasta convertirlo en uno de los hombres de mayor confianza del mandatario.
Un sobreviviente de la reestructuración oficial
La reciente reorganización del gabinete provincial dejó un mensaje que no pasó inadvertido.
Mientras dirigentes de peso perdieron influencia —como Liliana Montero, relegada a una secretaría, o Pedro Dellarossa, directamente desplazado de la estructura gubernamental— Quinteros salió fortalecido.
No solo conservó el ministerio, sino que incrementó su centralidad política.
Ese contraste permite leer una señal clara: Llaryora prioriza hoy la eficacia política y la capacidad de comunicación por encima de los equilibrios internos del peronismo tradicional.
El ministro de Seguridad reúne justamente esas condiciones. Asume el costo de una de las áreas más conflictivas del Gobierno, responde rápidamente frente a las crisis y mantiene una presencia constante en la agenda pública.
Para un gobernador que necesita exhibir gestión en un contexto económico complejo y con crecientes demandas sociales vinculadas a la inseguridad, ese perfil representa un activo político difícil de reemplazar.
El Partido Cordobés frente a sus propios límites
Sin embargo, el crecimiento de Quinteros también pone en evidencia una contradicción del proyecto político impulsado por Llaryora.
Desde hace varios años el oficialismo intenta consolidar el denominado Partido Cordobés, un espacio que pretende superar las fronteras partidarias tradicionales incorporando dirigentes provenientes de distintos sectores políticos.
En la teoría, el esquema prioriza la gestión por encima de la identidad partidaria.
En la práctica, esa apertura continúa generando tensiones dentro del peronismo.
Hay dirigentes que aceptan la incorporación de extrapartidarios para fortalecer la gestión, pero muestran mayores reparos cuando esos mismos dirigentes comienzan a disputar espacios de poder o aparecen como potenciales candidatos.
Y Quinteros ya ingresó en esa segunda etapa.
Su nombre circula cada vez con mayor frecuencia entre los posibles aspirantes a suceder a Daniel Passerini en la Municipalidad de Córdoba, una posibilidad que despierta más interrogantes que consensos dentro del oficialismo.
Una candidatura que incomoda
Las objeciones no son públicas, pero existen.
En distintos sectores del Gobierno provincial reconocen que no resultaría sencillo convencer a buena parte de la estructura peronista de trabajar electoralmente para un dirigente que durante años enfrentó al cordobesismo desde la oposición.
La resistencia tiene un componente político, pero también simbólico.
El peronismo cordobés ha construido durante más de dos décadas una maquinaria territorial sustentada en dirigentes que hicieron carrera dentro del espacio. Para muchos de ellos, la posibilidad de que un exjuecista termine encabezando la boleta municipal representa una alteración de ese orden interno.
Por eso, aunque públicamente el oficialismo sostenga un discurso de amplitud, las discusiones sobre los límites reales del Partido Cordobés permanecen abiertas.
La seguridad como plataforma política
El Ministerio de Seguridad también comenzó a cumplir otra función: convertirse en una vidriera electoral.
Cada operativo exitoso fortalece la imagen del ministro y alimenta su nivel de conocimiento entre los vecinos de la Capital.
Eso volvió a ocurrir durante el dispositivo desplegado con motivo de los festejos posteriores al partido de la Selección Argentina.
Según informó el Gobierno, más de 20.000 personas participaron de la celebración en el centro de Córdoba. El operativo concluyó con seis detenidos por contravenciones, sin delitos penales registrados, además del secuestro de más de 1.300 botellas, 16 gazebos de vendedores ambulantes y cuatro parrillas instaladas sobre el espacio público.
Lejos de limitarse al balance operativo, Quinteros aprovechó el episodio para reforzar un mensaje político: reivindicó el rol del Estado en la preservación del orden, destacó el trabajo de la Policía de Córdoba y subrayó la coordinación con la Municipalidad.
No fue únicamente una comunicación institucional. También constituyó otra oportunidad para fortalecer un perfil que trasciende la gestión diaria.
Llaryora administra la competencia
Mientras tanto, el gobernador evita definir nombres para la sucesión municipal.
La estrategia parece orientarse a mantener abierta la competencia entre distintos dirigentes del oficialismo, permitiendo que cada uno construya volumen político sin otorgar ventajas prematuras.
Es una metodología que Llaryora ya utilizó en otras instancias y que le permite conservar el control de la definición final.
En ese escenario, Quinteros dispone de margen para recorrer la ciudad, incrementar su exposición pública y posicionarse como una alternativa.
Pero ese crecimiento dependerá no solo de los resultados en materia de seguridad, sino también de su capacidad para romper las resistencias que aún genera dentro del peronismo.
El desafío de convertir respaldo en consenso
La apuesta de Martín Llaryora por Juan Pablo Quinteros parece responder a una lógica política clara: proyectar dirigentes con capacidad de gestión y alto nivel de conocimiento ciudadano, incluso cuando provengan de otros espacios políticos.
Sin embargo, esa misma estrategia comienza a tensionar la convivencia interna del oficialismo. Cuanto mayor es el respaldo que recibe el ministro, más visibles se vuelven las diferencias con sectores históricos del peronismo que observan con preocupación el avance de figuras ajenas a su estructura.
A más de un año de las definiciones electorales, el gobernador mantiene abiertas todas las opciones. Pero la consolidación de Quinteros deja al descubierto una realidad que atraviesa al Partido Cordobés: el desafío ya no es incorporar dirigentes de otros espacios, sino lograr que esa apertura sea aceptada por quienes durante décadas construyeron el poder territorial del peronismo provincial.
La verdadera discusión, entonces, no pasa únicamente por quién será el próximo candidato a intendente de Córdoba. El interrogante de fondo es hasta dónde está dispuesto a llegar Llaryora en su intento de transformar al Partido Cordobés en un espacio donde el pragmatismo político termine imponiéndose sobre las identidades partidarias que históricamente sostuvieron al oficialismo.
