El clima político en Córdoba no está dominado únicamente por la inminente campaña electoral de octubre. En realidad, el escenario se viene moldeando desde hace casi dos años por una relación que ha marcado la gestión provincial: el vínculo pendular entre el gobernador Martín Llaryora y el presidente Javier Milei. Entre acercamientos pragmáticos y distancias estratégicas, el gobernador cordobés ensayó un equilibrio complejo, buscando mostrar gestión y autonomía frente a un gobierno nacional que prioriza el ajuste.

Llaryora
En los primeros meses de Milei en la Casa Rosada, Llaryora apostó a una convivencia institucional que incluyó gestos de apoyo en el Congreso para leyes clave, reclamos por la coparticipación y discusiones por la obra pública. Sin embargo, con el correr del tiempo y a medida que se acercan los comicios, el distanciamiento se profundizó. Hoy el gobernador intenta consolidar un perfil propio: un dirigente que reivindica la eficiencia del gasto sin necesidad de “motosierra”, pero también sin resignar la asistencia a los sectores más vulnerables.
La estrategia busca diferenciarse tanto del libertarismo puro como del kirchnerismo residual, en un terreno donde Córdoba se juega mucho más que una elección intermedia: la construcción de poder de cara a 2027.
Schiaretti
En paralelo, el ex gobernador Juan Schiaretti se convirtió en el otro gran protagonista del oficialismo provincial. Tras superar las PASO, se posicionó como referente nacional de “la ancha avenida del medio”, esa alternativa que busca escapar de la polarización. Sin embargo, la amplitud de esa avenida está en duda: el electorado, hasta ahora, ha tendido a definirse por los extremos antes que por los equilibrios.
En esta elección, su espacio —rebautizado como “Provincias Unidas”— enfrentará a La Libertad Avanza, reedición del duelo de 2023, cuando Córdoba se tiñó de violeta y Milei le sacó ventaja a Schiaretti en dos oportunidades. La incógnita es quién sufrirá más desgaste: el oficialismo provincial, que apuesta a figuras como Natalia de la Sota, o el oficialismo nacional, debilitado por la falta de candidatos de peso y por la decisión de diluir la marca Milei en la boleta única.
Passerini
En la capital, Daniel Passerini camina entre logros y tensiones. Su gestión mantiene un nivel alto de obra pública, lo que transforma la rutina diaria de los cordobeses, pero también le permite mostrar una ciudad en renovación. Al mismo tiempo, ha logrado contener el frente sindical con el Suoem en un año electoral, siguiendo el manual de quienes no quieren conflictos en plena campaña.
Sin embargo, el gran problema, la verdadera “piedra en el zapato”, sigue siendo el transporte. El sistema urbano enfrenta menos colectivos, menos subsidios y menos pasajeros, mientras que taxis y remises conviven con la legalización tardía de las aplicaciones de viaje, que ya forman parte de la vida cotidiana de los cordobeses.
Un 2027 en el horizonte
Llaryora, Schiaretti y Passerini conocen la historia: las elecciones de medio término suelen ser adversas para el oficialismo cordobés. Pero esta vez, el riesgo y la apuesta son mayores. Se juegan la posibilidad de consolidar un proyecto que trascienda 2027 o, por el contrario, dejar el camino despejado a una oposición libertaria que ya mostró músculo en las urnas.
Córdoba, una vez más, aparece como el laboratorio político donde se ensayan fórmulas de equilibrio, donde se mide la resistencia de las “avenidas del medio” y donde hasta la gestión más prolija puede naufragar por una piedra tan concreta como el transporte público.
