
El gobernador Martín Llaryora ha encontrado una forma insólita de promocionar su gestión: repartir vasitos con su nombre en cada evento público al que asiste. Una estrategia publicitaria digna de una campaña de marketing vacía, que intenta tapar una realidad que los cordobeses sufrimos todos los días. Es como si con un souvenir barato pudiera convencernos de que todo está bien, cuando en realidad estamos pagando las tarifas más caras del país y soportando una presión fiscal que ya resulta asfixiante.
Sí, el vasito tiene su nombre. Lo ves en ferias, actos oficiales, inauguraciones, reuniones barriales. Pero no ves soluciones. No ves gestión. No ves empatía. Y lo que es más grave: no ves un rumbo.
Los cordobeses no necesitamos recordatorios de quién gobierna la provincia. Lo tenemos presente cada vez que nos llega una boleta de agua, de luz, de transporte. Basta con mirar los recibos para saber que Córdoba está entre las jurisdicciones con las tarifas más altas del país. En algunos casos, las diferencias son abismales en comparación con otras provincias. Esa es la verdadera marca que está dejando esta gestión: la del esfuerzo cotidiano, la del bolsillo vacío, la de los servicios inaccesibles.
Mientras tanto, el gobierno malgasta recursos en una campaña personalista que parece más preocupada por la imagen que por la realidad. Imprimir vasitos no es solo una frivolidad; es una señal de desconexión absoluta con la vida diaria de la gente. Es no entender —o no querer entender— que en Córdoba hay prioridades mucho más urgentes: mejorar el transporte público, garantizar servicios eficientes, aliviar la carga fiscal, dinamizar la economía productiva.
Me resulta indignante —como legislador y como ciudadano— que se destinen fondos públicos a este tipo de maniobras estéticas, mientras tantas familias luchan para llegar a fin de mes. ¿Qué busca Llaryora con esta puesta en escena? ¿Cree que un vasito con su nombre alcanzará para maquillar una gestión sin rumbo? ¿Qué pensarán los jubilados que no llegan a cubrir sus medicamentos, o los comerciantes que deben cerrar sus persianas, cuando ven estos gestos tan alejados de la realidad?
En definitiva, este vasito que reparte el gobernador se ha convertido en el símbolo más claro del estado actual de la provincia: liviano, hueco, superficial… vacío.

