Llaryora acelera el control del PJ cordobés

El calendario ya está definido: el próximo 3 de mayo el Partido Justicialista de Córdoba irá a internas para renovar sus autoridades. En la superficie, el oficialismo busca instalar la idea de un trámite administrativo, una formalidad necesaria para cumplir con los plazos partidarios. Sin embargo, el trasfondo político revela un movimiento más profundo: Martín Llaryora avanza en la consolidación de un PJ propio, alineado a su estrategia de poder y con la mirada puesta en 2027.

La decisión no es improvisada. Desde el año pasado, el gobernador ordenó la refuncionalización del partido, anticipando el vencimiento de los mandatos heredados de la etapa de Juan Schiaretti, fijado para el 31 de marzo. La prórroga acordada y la convocatoria a internas marcan el inicio de una transición que, lejos de ser neutra, implica un rediseño del mapa de poder interno.

Lista única, pero con tensiones latentes

El esquema previsto contempla, en principio, una lista única encabezada por el propio Llaryora. No obstante, dentro del oficialismo no descartan disputas en circuitos puntuales, una señal de que la pretendida unidad podría tener fisuras territoriales.

En ese armado, el nombre de Facundo Torres aparece como pieza clave. Actual jefe de bancada de Hacemos Unidos en la Legislatura, será promovido como presidente alterno del PJ, con la misión de ejecutar el reordenamiento partidario. La reciente reunión en la sede de boulevard San Juan, encabezada por Torres, confirmó la hoja de ruta y anticipó el inicio de negociaciones con los referentes departamentales para garantizar alineamiento.

“Des-schiarettización” y recambio de nombres

El proceso implica algo más que una renovación formal: es, en los hechos, una reconfiguración del peronismo cordobés. La conducción actual responde a la estructura que Schiaretti consolidó en 2022, pero ese esquema hoy muestra signos de desgaste y desplazamiento.

Dirigentes como Natalia de la Sota quedarían fuera de la nueva conducción, al igual que figuras históricas como Oscar González, que aún figura en los papeles pero perdió centralidad política. En paralelo, otros nombres de peso dentro del actual organigrama —como Manuel Calvo, Carolina Basualdo, Nadia Fernández o Carlos Gutiérrez— entran en una zona de revisión respecto de su continuidad.

La lógica es clara: reemplazar el andamiaje schiarettista por dirigentes de confianza directa del gobernador. En términos políticos, una “llaryorización” del partido que acompañe la impronta que ya intenta imprimir en la gestión provincial.

El PJ como herramienta de control político

El objetivo excede lo partidario. Llaryora busca convertir al PJ en un instrumento activo de ordenamiento interno, capaz de disciplinar la dirigencia, administrar tensiones territoriales y consolidar una estructura electoral competitiva.

En un escenario donde el peronismo cordobés acumula siete victorias consecutivas, el desafío no es menor: sostener la hegemonía en un contexto político más fragmentado y con un gobierno nacional que tensiona permanentemente la relación con las provincias.

La conducción del partido, en este sentido, no es un detalle organizativo sino un factor estratégico. Quien controle el PJ tendrá la capacidad de definir candidaturas, arbitrar conflictos y, sobre todo, construir la narrativa política hacia 2027.

2027 como horizonte

Detrás de cada movimiento aparece el mismo objetivo: la reelección de Llaryora y la continuidad del ciclo peronista en Córdoba. El gobernador no sólo pone en juego su futuro político, sino también la responsabilidad de sostener un modelo de poder que lleva más de dos décadas en la provincia.

En ese contexto, el avance sobre el PJ no sorprende. Es, en definitiva, la búsqueda de consolidar una estructura propia que garantice gobernabilidad interna y competitividad electoral.

La incógnita no pasa por la fecha de la interna ni por la probable lista única. El verdadero interrogante es si este proceso logrará cerrar filas sin costos políticos o si, por el contrario, abrirá nuevas tensiones dentro de un peronismo que, aunque se muestra ordenado hacia afuera, empieza a reacomodarse hacia adentro.

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