
La reciente gira internacional del gobernador Martín Llaryora fue presentada como una misión destinada a atraer inversiones y abrir oportunidades para la provincia. Sin embargo, el resultado concreto vuelve a mostrar una lógica que se repite desde hace años en la administración provincial: más endeudamiento en dólares.
En Washington D. C., el mandatario firmó un crédito por 250 millones de dólares con el Banco Mundial para continuar la obra de la circunvalación de Río Cuarto, un proyecto vial que el propio gobierno definió como estratégico para el desarrollo productivo del sur provincial.
Nadie discute la importancia de la infraestructura. La circunvalación de Río Cuarto puede ser una obra relevante para mejorar la logística y la seguridad vial de la región. El problema no es la obra. El problema es el modelo de gestión que el gobierno provincial repite sistemáticamente: cada vez que aparece una obra importante, aparece también una nueva deuda en dólares.
Lo más llamativo es que la provincia ya había iniciado parte de los trabajos con recursos propios. Sin embargo, ahora se decidió reintegrar esos fondos mediante un crédito internacional estructurado con la Corporación Financiera Internacional, junto a bancos internacionales como Santander, Deutsche Bank y Bank of China. Es decir, lo que comenzó como una obra financiada con recursos provinciales termina transformándose en deuda externa.
Este esquema no es un hecho aislado. La deuda provincial ya ronda los 3.000 millones de dólares, una cifra que debería encender todas las alarmas. Cada nuevo préstamo en moneda extranjera no solo compromete las finanzas actuales, sino también las de los próximos gobiernos y, en definitiva, el futuro de los cordobeses.
Lo más preocupante es la naturalidad con la que el gobierno provincial presenta este tipo de operaciones. Se habla de “confianza internacional”, de “financiamiento estratégico” o de “inversión para el desarrollo”. Pero detrás de ese discurso técnico se esconde una realidad más simple: Córdoba sigue acumulando deuda en dólares mientras los recursos públicos se administran sin un verdadero plan de austeridad.
Resulta difícil no advertir la contradicción. El mismo gobierno que sostiene que “no hay plata” para mejorar salarios de jubilados, docentes, policías o médicos, encuentra siempre margen para asumir nuevos compromisos financieros en el exterior. Cuando se analizan las prioridades del gasto público, la pregunta aparece inevitablemente.
Como legislador, considero que este modelo de financiamiento permanente merece una discusión mucho más profunda de la que hoy se está dando. Gobernar no es solo anunciar obras; también es administrar con prudencia y responsabilidad los recursos de la provincia.
Porque la deuda no desaparece cuando termina la obra. La deuda queda. Y la pagan los cordobeses durante años.
Por eso la advertencia es clara: gobernador, basta de hipotecar el futuro de Córdoba. No se puede construir desarrollo sobre una montaña creciente de deuda en dólares. La provincia necesita infraestructura, sí. Pero también necesita una gestión que deje de trasladar los costos de hoy a las generaciones de mañana.

