Preocupado por la sostenida caída del empleo privado, el gobernador cordobés Martín Llaryora comenzó a construir un nuevo perfil político: el de defensor del trabajo y de la industria de la Región Centro. Con datos oficiales en mano —más de 10.000 puestos formales privados perdidos en Córdoba desde la asunción de Javier Milei hasta octubre de 2025, lo que equivale a una caída del 1,9 %— el mandatario provincial eligió el escenario simbólico de la planta de Iveco para lanzar un mensaje político de alto voltaje.

Desde allí, rodeado de operarios y máquinas industriales, Llaryora buscó instalarse como la voz de la defensa del trabajo argentino y de la industria nacional, en un contexto de apertura importadora, contracción del consumo y retroceso del empleo formal. El mensaje fue directo: la industria está preparada para competir, pero no en condiciones desiguales.
La escena contrastó con el clima nacional. Mientras Milei volvía a cargar contra los industriales —a quienes acusó de “delincuentes” por reclamar protección frente a la apertura comercial—, el gobernador cordobés eligió otro tono:
“La industria nacional está para competir, pero queremos igualdad de condiciones; sin igualdad de condiciones no se podrá defender el trabajo”.
Sin mencionar al Presidente, Llaryora reforzó la idea de que la competitividad “no puede ser solo para algunos” y advirtió sobre un modelo económico que incentive más la importación de productos terminados que la producción local.
“No queremos ninguna ventaja. Sabemos que tenemos que competir. Pero ésta no debe darse con mejores condiciones para traer cosas de afuera que para producir en el país”.
Un diagnóstico interno alarmante
El mensaje no fue casual ni improvisado. En el Centro Cívico del Panal reconocen que la situación industrial es crítica. Los propios números del Gobierno provincial elevan la pérdida de empleo privado formal a casi 13.000 puestos en los dos años de Milei en la Casa Rosada, con una aceleración de 3.000 empleos menos solo en el último trimestre de 2025.
El corazón manufacturero del Gran Córdoba —autopartistas, metalmecánicas y pymes ligadas a la cadena automotriz— aparece como uno de los focos más golpeados. Informes internos de economistas que maneja el Ejecutivo provincial advierten que la crisis del empleo podría profundizarse en 2026, y que un eventual escenario internacional adverso, como una derrota de Donald Trump en noviembre, podría complejizar aún más la coyuntura económica global.
Sin embargo, Llaryora juega una estrategia ambigua: mientras construye un discurso pro industria y pro empleo, sus legisladores acompañaron en el Congreso la reforma laboral impulsada por el oficialismo libertario, resistida por buena parte del movimiento sindical. Un equilibrio incómodo entre discurso y práctica que expone las tensiones internas del modelo cordobés.
Panal-Rosada: una relación cargada de fricciones
La relación entre la Provincia y la Casa Rosada está atravesada por conflictos estructurales: la disputa por los fondos nacionales para la Caja de Jubilaciones, la eliminación de subsidios al transporte y el impacto directo sobre la gestión municipal de Daniel Passerini, principal socio político de Llaryora.
En ese marco, el gobernador ensaya una resignificación de la histórica consigna del peronismo cordobés: “gobernar es generar trabajo”. Hoy, admite, el desafío central ya no es crear empleo, sino conservarlo.
“Cada vez es más difícil construir un puesto de trabajo con los desafíos de la tecnología 4.0 y la inteligencia artificial. Por eso, cada puesto que se sostiene es central”.
La frase no es menor: revela un cambio de paradigma en el discurso del poder provincial, que pasa de la expansión del empleo a la lógica defensiva de preservación de lo existente.
Iveco como escenario político
El lanzamiento del camión pesado S-Way funcionó como una puesta en escena cuidadosamente diseñada. En un contexto de caída del consumo, avance del comercio electrónico y cierre de pymes, Llaryora buscó mostrarse como garante del empleo industrial y socio confiable de las multinacionales.
El respaldo empresarial no tardó en llegar. Marcio Querichelli, presidente de Iveco para América Latina, fue explícito:
“No tuvimos ninguna duda al tomar la decisión de producir aquí, porque la mano de obra en Córdoba es de altísimo nivel. No es solo un camión, es una apuesta de largo plazo y de desarrollo tecnológico”.
También reclamó “condiciones de competitividad y previsibilidad”, en línea con el discurso del gobernador.
El contrapunto con el establishment industrial
La escena en Córdoba contrastó con el vínculo cada vez más tirante entre Milei y parte del establishment industrial. Días atrás, el Presidente arremetió contra grupos como Techint y Aluar por cuestionar los efectos de la apertura importadora. En una provincia donde la industria automotriz es identidad económica y cultural, esas declaraciones no cayeron bien, incluso entre sectores que respaldan el ordenamiento macroeconómico libertario.
Desarrollo, equilibrio y tensión política
El mensaje de Llaryora sintetiza su estrategia: aceptar la necesidad de competir en un mundo abierto, pero exigir reglas que no castiguen a la producción local. En el corazón fabril de Córdoba, volvió a pararse en la vereda desarrollista del peronismo provincial, aun cuando en el Congreso sus diputados acompañen al oficialismo libertario.
La tensión entre discurso y práctica se convierte así en el costo político de un equilibrio frágil. Para el llaryorismo, esa contradicción se justifica bajo el argumento de la “responsabilidad institucional”: sostener la gobernabilidad nacional mientras se intenta contener, desde Córdoba, el impacto social del ajuste.
En un país con empleo en retroceso, consumo en caída y un modelo económico en plena reconfiguración, Llaryora empieza a disputar algo más que políticas públicas: busca apropiarse de una bandera simbólica poderosa —la defensa del trabajo— y reposicionarse como referente político-industrial de la Región Centro. Una jugada que combina pragmatismo, discurso desarrollista y una dosis de oportunismo político que, por ahora, parece ser el precio de su estrategia de supervivencia en la era Milei.
