Dividir para reinar: cuando el poder se siente acorralado

Por Miguel O. Nicolás – Legislador Provincial – Bloque UCR

Por momentos intento convencerme de que todo es producto del azar. Que las declaraciones altisonantes son apenas exabruptos individuales. Que los anuncios políticos responden a decisiones autónomas y no a tableros más grandes. Pero sinceramente, cada vez me cuesta más creer en las casualidades cuando los movimientos se ordenan con tanta precisión.

Lo que está ocurriendo en Córdoba no huele a espontaneidad. Huele a estrategia.

Primero aparece Miguel Siciliano en redes sociales. No defendiendo gestión. No explicando políticas públicas. No rindiendo cuentas. Aparece insultando y descalificando a Rodrigo de Loredo. El recurso más bajo de la política: el ataque personal como reemplazo del argumento. La agresión como construcción. La provocación como método.

Al día siguiente de la votación de la reforma laboral, Gabriel Bornoroni anuncia que La Libertad Avanza llevará candidato propio a gobernador en Córdoba.

Y la pregunta surge sola, inevitable:

¿Es casualidad?
¿Es una coincidencia política?
¿O responde a una misma lógica de poder?
¿Son movimientos aislados o piezas de un mismo engranaje?

En política los hechos no flotan en el vacío. Se encadenan. Y cuando se encadenan, se interpretan en conjunto.

Dividir el frente opositor no es una innovación. Es un manual clásico. Lo aplican los gobiernos que empiezan a sentir el desgaste. Los oficialismos que ya no se sostienen por resultados sino por maniobras. Los poderes que dejan de gobernar desde la gestión y comienzan a gobernar desde la ingeniería política.

Porque cuando un gobierno gobierna bien, no necesita dividir.
Cuando un gobierno tiene resultados, no necesita fragmentar.
Cuando un gobierno cuenta con respaldo social sólido, compite con ideas.

Dividir es el recurso del poder débil.
Del poder que empieza a perder legitimidad.
Del poder que ya no construye futuro y administra supervivencia.

Las provocaciones, las descalificaciones personales, las candidaturas funcionales, los mensajes cruzados y los gestos que dinamitan puentes no son accidentes. Son herramientas. Buscan romper cualquier posibilidad de construcción colectiva. Buscan impedir que enfrente exista una alternativa competitiva y unida.

No se trata de nombres propios. Se trata de un modelo de poder.
No se trata de hechos aislados. Se trata de una lógica.
No se trata de errores. Se trata de una estrategia.

Un gobernador fuerte construye consensos.
Un gobernador sólido compite con proyectos.
Un liderazgo con confianza no necesita operar sobre la oposición.

Cuando el poder entra en modo defensivo, deja de gobernar y empieza a maniobrar. Y cuando eso ocurre, la división de la oposición deja de ser una consecuencia y pasa a convertirse en política de Estado.

Por eso, más allá de las simpatías o diferencias internas, la unidad opositora no es una consigna electoral: es una necesidad institucional. Es la única forma de ofrecer una alternativa real frente a un modelo que muestra signos de agotamiento. Un modelo costoso, burocrático y cada vez más distante de las demandas sociales.

Dividir para reinar es una estrategia vieja.
Tan vieja como los oficialismos sin proyecto.
Tan vieja como los gobiernos que gobiernan desde el miedo.

La unidad, en cambio, no es un eslogan. Es la condición del cambio político que Córdoba necesita. Y ese cambio no se construye con insultos ni con operaciones, sino con responsabilidad, madurez y una oposición capaz de anteponer el futuro común a las diferencias circunstanciales.

Tal vez alguien quiera convencernos de que todo esto es casualidad. Yo, sinceramente, creo que en política las casualidades casi nunca existen.

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