Llaryora, encuestas y poder: el calendario electoral como herramienta política

Encuestas en mano, con la gestión como termómetro y las obras públicas como activo central, el gobernador Martín Llaryora empezó a revisar una de las definiciones estratégicas más sensibles de su gobierno: la fecha de las próximas elecciones provinciales. La idea inicial de votar entre marzo y abril del año próximo —para despegar la contienda local del escenario nacional— ya no aparece como una decisión cerrada, sino como una opción más dentro de un menú cada vez más amplio.

La frase que empezó a circular en el corazón del poder provincial es tan cruda como reveladora: “Se va a votar cuando sepamos que se gana”. Así lo transmitieron ministros del círculo más íntimo del gobernador tras salir de su despacho, y lo confirman otros dirigentes que lo acompañaron en recientes recorridas por el interior. La definición deja al descubierto que el calendario no se construye en función del orden institucional, sino de la relación de fuerzas.

De este modo, la estrategia clásica del cordobesismo —separar la elección provincial del clima político nacional— empieza a perder rigidez. La historia reciente muestra una lógica consistente:

  • En 2015, José Manuel de la Sota y Juan Schiaretti fijaron los comicios en julio.
  • En 2019, Schiaretti ganó en mayo con una victoria arrolladora.
  • En 2023, Llaryora triunfó ajustadamente en junio.

Siempre lejos del calendario nacional. Pero ahora, ese libreto ya no es dogma.

El “plan B”: votar con la Nación

Crece dentro del llaryorismo lo que ya se denomina sin eufemismos como plan B: votar cerca de octubre o directamente en octubre, junto con el escenario nacional. La hipótesis se sostiene en tres factores clave:

  1. Las encuestas: el termómetro real del poder.
  2. La gestión: finalización de obras como anclaje territorial.
  3. El contexto nacional: la proyección del gobierno de Javier Milei.

“Se miran las encuestas, hay que terminar las obras y ojo que a lo mejor Milei no llega con el aire que tiene ahora”, admitió un dirigente del riñón llaryorista. Pero el dato más delicado es político: la relación entre Llaryora y Schiaretti. “Si no terminan de conversar lo que tienen que charlar… es a fondo”, deslizan desde el oficialismo, dejando entrever tensiones reales dentro del esquema de poder del cordobesismo.

Proyección nacional y juego largo

El corrimiento del calendario no sólo tiene lógica provincial. También se conecta con la reconfiguración del peronismo a nivel nacional. En las últimas semanas, Llaryora empezó a mover fichas en ese tablero:

  • Funcionarios de su gobierno se mostraron con el armado de Axel Kicillof en Mar del Plata.
  • Crecen los rumores de un frente peronista amplio en el Congreso, idea impulsada públicamente por Miguel Pichetto, lo que genera fricciones con el schiarettismo.
  • Y, como ironizó un dirigente massista: “Probablemente Sergio Massa y Martín hablen más entre ellos de lo que pensamos”.

Este entramado nacional refuerza la hipótesis de octubre como fecha electoral estratégica, no sólo por conveniencia local, sino por alineamientos futuros de poder.

El objetivo central: fracturar la oposición

En el plano provincial, la jugada tiene un blanco concreto: romper a la oposición. Llaryora persigue un objetivo que incluso algunos peronistas ya miran con escepticismo: fracturar la sociedad política que hoy muestran Gabriel Bornoroni y Luis Juez.

En el llaryorismo duro creen que Bornoroni debería quedarse en el Congreso si se juega una elección plena, y apuestan a que la mala relación entre Juez y Rodrigo de Loredo no tiene retorno. El escenario ideal para el oficialismo: una oposición fragmentada, con candidaturas múltiples y sin conducción clara.

Intendentes, reelecciones y poder territorial

El “plan octubre” también incluye otro factor sensible: la reelección de intendentes. El bloqueo impuesto por Schiaretti generó malestar transversal: no sólo en jefes comunales del PJ y la UCR, sino también en ministros que debieron pedir licencia en la Unicameral para asumir cargos en el gabinete. El inicio de un diálogo sobre la “re-re” aparece como moneda de negociación política y herramienta de contención territorial.


Llaryora ya no piensa el calendario como un trámite institucional, sino como una herramienta de poder. La fecha electoral se transforma en una variable estratégica para:

  • Consolidar la gestión
  • Ordenar el peronismo provincial
  • Influir en el tablero nacional
  • Debilitar a la oposición

El mensaje interno es claro: no se vota cuando marca el almanaque, se vota cuando el poder está alineado. Y en Córdoba, hoy, el calendario ya no es una certeza: es una ficha más en la mesa de negociación política.

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