El Panal, la interna peronista y la reconstrucción de la agenda política en Córdoba

El gobierno provincial atraviesa un proceso de reconfiguración interna que va mucho más allá de los cambios de nombres. Algunos mandatarios del interior ya fueron sondeados para integrar el gabinete, en un contexto donde el ritmo de gestión del gobernador Martín Llaryora contrasta con el de la administración anterior, pero deja al descubierto un problema estructural: la falta de coordinación política y de una defensa sólida de la gestión en un escenario adverso.

La crítica no provino de un actor marginal. Fue Marcelo Eslava, histórico dirigente del departamento Sobremonte, quien lanzó una frase que resonó en todo el oficialismo: “Hay funcionarios que no están a la altura”. El planteo, cargado de advertencia política, recordó a la conocida queja pública de Cristina Fernández cuando reclamaba mayor compromiso interno. En esa misma línea, Eslava pidió “ponerse la camiseta” para defender una obra de gobierno que definió como “muy buena”, en declaraciones a Punto a Punto Radio.

Gritos en el Panal y una crisis de conducción política

El inicio de año fue tenso en el Centro Cívico. Versiones internas hablan de discusiones fuertes en los principales despachos, gritos que traspasaron paredes y hasta de una supuesta advertencia del ministro de Gobierno Manuel Calvo, quien habría puesto su renuncia sobre la mesa si no se modificaba el rumbo político de la gestión.

El diagnóstico es compartido por varios sectores del peronismo cordobés: el oficialismo perdió el control de la agenda pública. En la Casa de Gobierno identifican dos frentes críticos.
El primero es comunicacional: romper la distancia con el ciudadano común y mostrar un Ejecutivo activo, con un discurso alineado a los códigos del clima libertario dominante —“más gestión con menos plata”—.
El segundo es simbólico y territorial: recuperar la centralidad de la obra pública como herramienta política. “En el interior una obra cambia la vida; en la Capital ya lo ven como algo básico”, admiten desde el Panal, marcando una fractura cultural entre Córdoba ciudad y el resto de la provincia.

Reelección, poder y disputa por la sucesión

Aunque aún lejana en términos electorales, la reelección de Llaryora ya funciona como ordenador del tablero político. La idea de que “los nuevos tiempos son distintos” se traduce en una frase que empieza a circular dentro del oficialismo: habrá nuevos rostros y nuevas funciones.

Incluso dentro del peronismo se plantea la existencia de “dos Córdoba”: la provincia y la Capital. La pregunta que sobrevuela es estratégica: ¿jugarán juntas para conservar ambos gobiernos o se resignará la ciudad? En ese marco, ya se mencionan los primeros nombres que disputan la sucesión del intendente Daniel Passerini: Miguel Siciliano, Marcelo Rodio y el ministro de Seguridad Juan Pablo Quinteros.

Por ahora, se descarta sumar “extranjeros” a esa carrera: la vicegobernadora Myriam Prunotto, Javier Pretto y hasta el intendente de Villa María, Eduardo Accastello, cuyo nombre apareció en conversaciones informales, quedaron fuera de la primera lista.

Mientras tanto, desde el gabinete se intenta instalar otro mensaje: “Nos piden achicar el Estado y desde que asumió Martín hay 4 mil empleados menos”. Un ministro sintetizó la contradicción con ironía: “¿Hay algo más libertario que eso?”.

La obra pública como relanzamiento político

La Capital será el eje del relanzamiento. Desde el Panal prometen una ofensiva de obras: desarrollos de alto nivel en Valle Escondido, nuevo ingreso desde Río Cuarto, edificios públicos, cloacas, pavimentos en barrios postergados, bacheo y luminarias. “Va a quedar nueva la ciudad y vamos a trabajar codo a codo con Passerini”, aseguran.

Pero el problema no es solo de gestión, sino de vínculo político. En una reunión tensa en el Ministerio de Gobierno, le reclamaron a Llaryora que “baje del atril” y recupere el contacto directo con la gente. “Solo lo conocen como un gobernador que protesta o el que aparece en recortes de redes”, fue el diagnóstico. De allí la estrategia de mayor presencia territorial, con gestos simbólicos como sus apariciones en Cosquín y en la fiesta de las colectividades de Alta Gracia, donde —según su equipo— “volvió a sonreír” y a escuchar de primera mano al vecino.

Reordenamiento interno y nuevos perfiles

En el edificio anexo al gobernador comenzará a funcionar una especie de “jefatura de gabinete técnica”, destinada a ordenar la gestión y, sobre todo, la comunicación política de cada área. Por ahora, no se anuncian cambios de ministros, pero sí el recambio de al menos tres secretarías.

El perfil buscado es claro, casi como un aviso clasificado: intendentes del interior, preferentemente peronistas, en segunda gestión, de ciudades medianas y sin proyección inmediata de reelección local. La lógica es política: “Dirigentes con ganas de laburar y mostrar gestión”.

Ya hay nombres sobre la mesa. Uno es Matías Torres Cena, intendente de Laguna Larga, que trabajaría junto a Manuel Calvo. Otro es Gustavo Benedetti, jefe comunal de Arroyito, de pasado radical pero con fuerte vínculo con Llaryora.

También aparecen salidas. Entre los apuntados a dejar el gobierno figura el secretario de Cooperación Institucional Orlando Ardhú, a quien reconocen como clave en la construcción del “cordobesismo”, pero cuyo ciclo consideran cumplido.

Una advertencia silenciosa a la Municipalidad

El mensaje también alcanza al Palacio 6 de Julio. Aunque aseguran no querer interferir en la gestión de Passerini, en el oficialismo provincial advierten que, si no hay cambios en la Municipalidad, comenzará a crecer la presión política: más ministros provinciales terminarán respondiendo por lo que hagan —o no hagan— los secretarios del intendente.

En síntesis, el gobierno de Llaryora atraviesa una etapa de reordenamiento profundo: control de agenda, reconstrucción del vínculo con la sociedad, relanzamiento de la obra pública y selección de nuevos cuadros políticos. La gestión corre rápido, pero el peronismo advierte que sin conducción política clara, la velocidad puede convertirse en ruido. Y en un contexto nacional adverso, el margen de error se reduce cada vez más.

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