La interna del oficialismo cordobés volvió a mostrar fisuras que, aunque por ahora contenidas, exponen tensiones reales en el esquema de poder que empieza a consolidar el gobernador Martín Llaryora. Legisladores del interior —y algunos de la Capital— manifestaron su malestar por el estilo de conducción de Facundo Torres, jefe del bloque de Hacemos Unidos por Córdoba y presidente alterno del PJ provincial, en un conflicto que ya escaló hasta el propio gobernador y la senadora Alejandra Vigo.

El detonante visible fue político y simbólico: el domingo por la noche, Llaryora se mostró públicamente con Torres en el cierre de la Fiesta de las Colectividades, en una señal explícita de respaldo al jefe de bancada. Pero detrás de la foto hubo algo más que una postal de unidad: la bronca interna ya había llegado al Panal y obligó a activar gestiones de contención.
Lo que inicialmente se explicaba como un “reacomodo lógico” tras el cambio de conducción del bloque, empieza a adquirir un volumen político más profundo. Mientras Torres se afianza en el mando de la bancada que responde al gobernador, arma su esquema de confianza y se prepara para enfrentar a una oposición que promete jugar fuerte en la Legislatura, parte de su propio espacio cuestiona el estilo de jefatura, la falta de diálogo y la escasa apertura en la toma de decisiones.
Díscolos con peso territorial
El malestar no es marginal ni homogéneo. Entre los legisladores que expresan disconformidad hay dirigentes que responden a Alejandra Vigo, al exgobernador Juan Schiaretti y a caudillos territoriales con construcción propia. Aparecen nombres como Marcelo Eslava (Sobremonte, exintendente de San Francisco del Chañar), Enrique Rébora (San Javier) y el capitalino Pablo Ovejeros, además de otros con perfil más bajo pero igual nivel de incomodidad.
Ovejeros, por ejemplo, retrasó su presencia en la primera sesión regular del año como gesto político de enojo, aunque finalmente se sentó en su banca para acompañar los proyectos del llaryorismo. Un mensaje claro: el respaldo al gobernador no está en discusión, pero la conducción del bloque sí.
Algunos también incluyen en este clima a Bernardo Knipscheer, aunque su situación es particular: su distanciamiento del Gobierno provincial se profundizó luego de que su esposa, la diputada Natalia de la Sota, rompiera con el Panal y compitiera con lista propia en las elecciones nacionales. Knipscheer dejó de participar de las reuniones de bloque y tampoco fue al asado de camaradería que Torres organizó en la sede del PJ provincial.
Reclamos políticos, no personales
Las críticas no apuntan a una disputa ideológica sino a un modelo de conducción. Los legisladores molestos hablan de “falta de diálogo”, ausencia de convocatoria real, escasa discusión colectiva de la agenda parlamentaria y un estilo de conducción verticalista que no reconoce los liderazgos territoriales.
También persisten heridas internas, como el caso del legislador Ramón Flores (Río Seco) y el escándalo por los reintegros de gastos en los brindis de fin de año, donde algunos consideran que “no fue cuidado políticamente” por la conducción del bloque.
Pero el reclamo más sensible tiene un destinatario indirecto: el gabinete de Llaryora. Los legisladores denuncian ninguneo sistemático por parte de varios ministros, que no los reciben ni articulan políticamente con ellos.
“La mayoría no atiende a los legisladores. Los más políticos sí, como Gustavo Brandan o Sergio Busso, pero el resto no”, sintetizó una fuente del oficialismo que sigue de cerca el conflicto.
Aquí aparece una falla estructural: la desconexión entre territorio, bloque legislativo y Poder Ejecutivo. Un problema que, si no se corrige, puede convertirse en un obstáculo electoral más que institucional.
Siciliano, el bombero político
El encargado de intervenir fue Miguel Siciliano, exjefe del bloque oficialista y actual ministro de Vinculación y Gestión Institucional, que conoce de primera mano las dificultades de conducir una bancada en un contexto de paridad legislativa extrema. Siciliano convocó reuniones con ministros y colaboradores para intentar recomponer los vínculos y descomprimir la tensión.
Dentro del bloque, también busca articular el legislador Abraham Galo, alineado con el llaryorismo, en un rol de contención política interna.
El reclamo central de los legisladores es claro: reconocimiento político. Muchos son jefes territoriales con peso propio y no aceptan ser tratados como “tropa de un caudillo”. No discuten liderazgo, discuten método.
Fantasma de ruptura, por ahora contenido
Aunque nadie habla de una ruptura inminente, el malestar ya habilitó conversaciones informales sobre la posibilidad de un bloque paralelo si no hay cambios en la conducción. Incluso circula el nombre de Pablo Ovejeros como posible presidente de ese espacio. La senadora Alejandra Vigo está al tanto del conflicto y sigue de cerca su evolución.
Sin embargo, todos los sectores coinciden en un punto: el respaldo político a Martín Llaryora no está en discusión. El gobernador ya oficializó que irá por la reelección en 2027 y necesita un oficialismo alineado, territorialmente activo y políticamente funcional.
La lógica electoral también opera como freno a cualquier ruptura: el llaryorismo necesita que el interior funcione en 2026 para retener los departamentos ganados en 2023 y recuperar los perdidos. En Capital, además, no puede darse el lujo de prescindir de ningún actor relevante.
Foto de unidad, conflicto latente
El gesto de Llaryora junto a Torres en la Fiesta de las Colectividades fue una señal clara hacia adentro del oficialismo: respaldo político al jefe de bloque. Pero la foto no elimina el problema de fondo. Solo lo contiene.
La tensión expone un dilema clásico del poder: cómo construir autoridad sin romper equilibrios territoriales, cómo ordenar sin aislar, cómo conducir sin desarticular.
Por ahora, la sangre no llega al río. Pero el conflicto existe, se habla en los pasillos y ya obligó a activar el dispositivo político de contención. En un oficialismo que necesita cohesión para gobernar y músculo territorial para competir, las internas silenciosas suelen ser más peligrosas que las peleas públicas.
