La relación entre los principales socios del cordobesismo atraviesa su momento más delicado desde el recambio en el Centro Cívico. El faltazo del gobernador Martín Llaryora a una reunión que la CGT nacional daba por acordada no solo tensó el vínculo con el sindicalismo, sino que volvió a dejar al descubierto una interna cada vez menos disimulada con su antecesor, Juan Schiaretti.

El malestar gremial estalló luego de que se cayera un encuentro que, según la central obrera, iba a reunir a Llaryora y al santafesino Maximiliano Pullaro con la conducción cegetista para condicionar la discusión de la reforma laboral que impulsa el gobierno de Javier Milei. Desde el llaryorismo repitieron que no había nada en agenda y buscaron desentenderse del enojo, incluso del que hizo público Pablo Moyano. Sin embargo, dentro del propio peronismo provincial admiten que la cancelación funcionó como una válvula de escape para evitar un choque mayor entre el actual gobernador y Schiaretti.
Es que la frustrada cumbre sindical hubiese sido, en cuestión de días, el segundo episodio de distanciamiento entre ambos. El primero fue el gesto político más ruidoso del fin de semana: la ausencia tanto de Schiaretti como de su esposa, la senadora Alejandra Vigo, en la apertura de sesiones ordinarias de la Legislatura para escuchar el discurso de Llaryora. Un desplante que, puertas adentro, fue leído como algo más que un problema de agenda.
“Las cosas no están bien”, confió sin rodeos un viejo conocedor del peronismo cordobés. “Si no, el schiarettismo no estaría agitando discusiones en todos los frentes: desde el control del territorio en la capital hasta la base que ‘el Gringo’ y Vigo quieren construir en el Congreso para negociar directamente con la Casa Rosada”, explicó. La frase sintetiza una sospecha cada vez más extendida: que el cordobesismo atraviesa una transición que todavía no logra cerrar el traspaso de poder real.
A esa tensión se sumó otro movimiento que no cayó nada bien en el ala fundadora del espacio. La semana pasada, en Mar del Plata, el ministro Miguel Siciliano —uno de los dirigentes más políticos de la nueva generación llaryorista— compartió mesa con Luis Barrionuevo en un acto donde el líder gastronómico cargó con dureza contra la reforma laboral de Milei. El detalle que generó ruido no fue solo la foto con Barrionuevo, sino la presencia del ultraaxelista Carlos Bianco en la misma mesa, una postal que incomodó a quienes buscan mantener distancia tanto del kirchnerismo como de los armados sindicales tradicionales.
Ese contexto explica por qué en la CGT se entusiasmaron con algún gesto político desde Córdoba para rechazar la reforma que se debatirá en el Senado la próxima semana. Pero la convivencia entre Llaryora y los gremios atraviesa, además, un frente estrictamente provincial que complica cualquier intento de distensión. Este miércoles, los estatales marcharán contra la reforma previsional que el peronismo cordobés sancionó antes de fin de año, una ley que mantiene la guardia alta en ambos bandos: en el gobierno, con divisiones en las bases y causas judiciales en curso; en los sindicatos, con un plan de lucha que combina el rechazo a la reforma laboral nacional y, sobre todo, el reclamo contra el cambio previsional local.
Con ese clima caldeado, algunos dirigentes creían que un cónclave entre el llaryorismo y la cúpula de la CGT podía ayudar a descomprimir. Entre ellos, quienes participaron de una reunión entre Facundo Torres —presidente del PJ provincial y jefe del oficialismo en la Unicameral— y las 62 Organizaciones. Allí, algunos aseguran que se amagó con avanzar en un documento sobre la postura del peronismo cordobés frente a la reforma laboral. Otros relativizan esa versión y sostienen que el tema “todavía está verde”. “Fue solo un encuentro para ratificar el respaldo de esta pata sindical a Llaryora”, resumieron.
La tensión, lejos de disiparse, sigue sobrevolando al cordobesismo. Todas las miradas apuntan ahora al Congreso y al anuncio que Schiaretti hizo a mediados de enero, cuando comunicó que había recibido el alta médica y se preparaba para asumir su banca en febrero. Un mes que ya comenzó y que estará atravesado por el debate en extraordinarias de la reforma laboral. Allí se pondrá a prueba, una vez más, el delicado equilibrio entre el exgobernador y su sucesor, en un peronismo que todavía discute quién conduce y desde dónde se negocia el poder.
