Ganar sin todos: el experimento libertario en Córdoba

La llegada de La Libertad Avanza al poder nacional no sólo alteró el mapa político argentino: también comenzó a erosionar algunas de las verdades que la oposición cordobesa daba por definitivamente saldadas. Una de ellas, quizá la más persistente, es la idea de que sin una unidad opositora plena resulta imposible disputar con éxito el control de la Provincia. Para los libertarios, esa tesis ya no corre.

Los nuevos moradores del poder central no suscriben la interpretación heredada de la extinta Juntos por el Cambio. A su entender, la unidad es una condición provechosa, pero de ningún modo indispensable para conquistar Córdoba en 2027. La afirmación no es menor en un distrito donde la oposición acumula derrotas y frustraciones, y donde la fragmentación fue leída durante años como la causa principal de cada traspié electoral.

Con más de dos años en el poder, caracterizar a los libertarios sigue siendo una tarea esquiva. Su desprecio por las formas rituales de la política tradicional, sumado a una desfachatez que oscila entre la franqueza brutal y el cálculo frío, los vuelve difíciles de encasillar. Sin embargo, hay al menos un atributo que nadie les discute: son disruptivos. No sólo en lo discursivo, sino también en la forma en que piensan la competencia política.

Más allá del debate —siempre abierto— sobre la vigencia o no de sus recetas económicas, La Libertad Avanza aplica a la política estrategias que hasta hace poco parecían impracticables. Y en el brevísimo archivo que ostentan, pueden exhibir resultados. Eso los envalentona a poner en crisis axiomas que, en Córdoba, parecían inamovibles.

La herejía cordobesa

Para el manual opositor local, la unidad absoluta es una verdad tallada en piedra, esculpida a fuerza de derrotas consecutivas frente al peronismo. Para los libertarios, en cambio, esa lectura está sobredimensionada. No la niegan por completo, pero la relativizan: la unidad ayuda, pero no define.

La cuenta que hacen es sencilla y, desde su perspectiva, lógica. Hacemos Unidos retuvo la Gobernación en 2023 con el 45% de los votos, luego de una gestión municipal exitosa de Martín Llaryora y dos administraciones provinciales de Juan Schiaretti, con un peronismo prácticamente unificado y reforzado por apoyos extrapartidarios. Repetir ese escenario en 2027 aparece como improbable. En ese contexto, sostienen, quien alcance los 40 puntos puede gobernar Córdoba, ya sea encabezando una alianza opositora total o una entente “lo suficientemente amplia” para ganar.

La exégesis libertaria puede ser correcta o no. De hecho, La Libertad Avanza todavía no logró replicar su éxito nacional en elecciones provinciales. Pero la hipótesis tiene una virtud política indiscutible: es funcional. Porque desafía una narrativa que, paradójicamente, termina debilitando a la oposición.

Bajo la premisa de que todos son imprescindibles para alcanzar la unidad total, florecen candidaturas testimoniales, vetos cruzados y demandas desmedidas. Nadie quiere quedarse afuera de la foto, aunque aporte poco más que su nombre. La consecuencia es una negociación interminable que suele naufragar antes de empezar.

Si, en cambio, el objetivo es construir una alianza amplia, competitiva y razonablemente cohesionada frente a un peronismo que no atraviesa su mejor momento, el desafío deja de ser épico para volverse posible. Complejo, sí. Pero abordable. Y, sobre todo, menos vulnerable al chantaje permanente de quienes amenazan con romper todo cuando la elección se acerca.

El “arco opositor” y los límites de la confluencia

Esta lectura del tablero cordobés no es casual. También explica por qué, hasta ahora, resulta tan difícil imaginar una convergencia entre La Libertad Avanza y la UCR que conduce Rodrigo de Loredo. Según admiten en Buenos Aires, los libertarios exigen condiciones que rozan lo prohibitivo: que De Loredo corte todo vínculo con Mauricio Macri y rompa definitivamente con lo que queda del PRO en Córdoba para siquiera comenzar a discutir una alianza.

Tan onerosas se presentan esas exigencias que la unidad, en los hechos, no parece quitarles el sueño a los libertarios. Más aún cuando reconocen que la relación entre Gabriel Bornoroni y Luis Juez continúa consolidándose con el correr de los meses, y que el jefe del bloque oficialista en Diputados prefiere al radical fuera del armado. Al menos “por ahora”, aclaran.

En cuanto a los otros actores del universo libertario que orbitan por fuera del esquema oficial, la consigna es pragmática y sin matices: mientras trabajen para la reelección del presidente en 2027, todos tienen margen para construir.

Así, Córdoba comienza a ser laboratorio de una tesis que desafía las certezas opositoras. Una tesis que puede fallar, pero que ya logró algo no menor: correr el eje del debate y obligar a todos a replantearse si la unidad total es una condición para ganar, o apenas una comodidad para no perder.

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