La política cordobesa suele ser despiadada con quienes desafían los pronósticos. Juan Pablo Quinteros lo sabe bien. Desde el mismo momento en que Martín Llaryora lo convocó para hacerse cargo del Ministerio de Seguridad, el ex candidato a intendente pasó a ser un blanco móvil: para la oposición, un converso de corto recorrido; para sectores del propio peronismo, un injerto incómodo, tolerado más por disciplina que por convicción.

Las apuestas eran coincidentes: duraría poco. Una semana, decían algunos. Un par de meses, concedían otros. Sin embargo, dos años después del inicio de la gestión provincial, Quinteros no solo sigue firme en el cargo, sino que se ha convertido en uno de los funcionarios que el gobernador decide blindar en medio de un gabinete en permanente reconfiguración.
El cambio de piel de diciembre de 2023 —pasar de opositor frontal al cordobesismo a ministro de una de las áreas más sensibles del gobierno— le costó caro en términos simbólicos. Quinteros fue duramente cuestionado por antiguos aliados y mirado de reojo por parte del PJ, que nunca terminó de hacerlo propio. Pero Llaryora, que no suele dejar flancos abiertos en decisiones estratégicas, lo sostuvo incluso cuando el ruido político parecía anticipar su salida.
Y no fue casual. En el Centro Cívico entienden que la seguridad, históricamente una brasa caliente para cualquier gestión, puede convertirse en un activo electoral. En esa lógica, Quinteros aparece como el ejecutor adecuado: más político que técnico, con alto nivel de exposición mediática, presencia territorial constante y un manejo aceitado de la agenda pública.
El ministro construyó un perfil omnipresente. Está en recitales internacionales, partidos en el Kempes, festivales de verano y megaoperativos antidrogas. Supervisa, declara, acompaña y se muestra. Capitalino, conoce la lógica urbana y el pulso mediático. Y, según admiten en voz baja en el oficialismo, “mide bien”.
También supo adaptarse a los nuevos vientos ideológicos que recorren parte del electorado cordobés. Con pragmatismo, el Ministerio de Seguridad comenzó a exhibir estadísticas de detenciones de naranjitas y limpiavidrios, alineándose con una narrativa de “mano dura” que dialoga con la agenda violeta y busca dar respuestas rápidas a demandas sociales concretas, aunque no exentas de polémica.
Ese giro no vino solo. Llaryora no solo reforzó el área con recursos, sino que habilitó un mayor perfilamiento político del ministerio. La incorporación de Juan Manuel Aráoz —ex funcionario municipal y protagonista de los recientes cambios en el Código de Convivencia— confirma que Seguridad dejó de ser un compartimento técnico para transformarse en una herramienta de construcción política.
El contraste con otros ministros es elocuente. De la nómina original, Pedro Dellarossa fue eyectado hacia el Banco de Córdoba y el ministerio de Liliana Montero directamente dejó de existir, absorbido por Salud. Quinteros, en cambio, permanece. Y no solo permanece: crece.
Ese posicionamiento quedó en evidencia este fin de semana, cuando el ministro desarrolló 48 horas intensas de actividades institucionales junto a figuras nacionales. Con su ya característica remera que reza “ministro”, ofició de anfitrión de Alejandra Monteoliva, sucesora de Patricia Bullrich en Seguridad, y de Daniel Scioli, secretario de Turismo, Ambiente y Deportes de la Nación.
La visita no fue menor. Monteoliva ratificó la decisión política de sostener la sintonía fina entre Nación y Provincia en materia de seguridad, una relación que Córdoba cuida con esmero más allá de los cambios de nombres. Junto a Scioli, presentaron el Operativo Interfuerzas Verano 2026 en la Plaza Federal de la Comuna de San Roque, uno de los puntos neurálgicos del turismo provincial.
Allí, Quinteros agradeció el acompañamiento nacional, destacó el trabajo conjunto sostenido durante los últimos dos años y subrayó la “predisposición para atender las necesidades de Córdoba en situaciones complejas”. También dejó un mensaje con clara lectura política: la seguridad como condición necesaria para el desarrollo turístico y económico. “Cuando hay seguridad, podemos tener turismo durante todo el año”, afirmó.
Mientras Llaryora apura sus últimos días de descanso, el ministro no solo administra el área más sensible del Estado, sino que acumula gestos, vínculos y visibilidad. En ese movimiento, empieza a perfilarse como algo más que un funcionario: una variante no PJ que el gobernador podría capitalizar rumbo al 2027.
La pregunta que sobrevuela el tablero es si Quinteros seguirá siendo un activo o si, en algún punto, su condición de externo al peronismo volverá a convertirse en un límite. Por ahora, Llaryora parece tener clara la respuesta. Y en política, cuando el poder protege, los pronósticos suelen quedar en el camino.
