La Capital vuelve a ocupar un lugar central en la estrategia de poder del peronismo cordobés. No es casual ni coyuntural. Martín Llaryora lo sabe mejor que nadie: cuatro de cada diez electores están concentrados en la ciudad de Córdoba y fue desde allí que, tras cuatro años de gestión municipal, edificó el triunfo que lo llevó al Panal. Ahora, con la reelección en el horizonte, el gobernador parece decidido a no dejar ningún detalle librado al azar.

Los movimientos de las últimas semanas así lo confirman. Aprovechando el mojón político que representan sus dos primeros años de gobierno, Llaryora avanzó con una reconfiguración profunda del gabinete y habilitó, de manera explícita, el armado político en la Capital. El mensaje fue claro: todo dirigente con buena imagen, ambición y capacidad de construcción —propio o aliado— cuenta con el aval del Centro Cívico para empezar a jugar.
En ese marco, hay un nombre que sobresale por sobre el resto: Miguel Siciliano. Ex secretario de Gobierno de la ciudad y ahora flamante ministro de Vinculación y Gestión Institucional, Siciliano no solo recibió una cartera creada a medida, sino también un paquete de competencias estratégicas que lo colocan en una posición de ventaja frente a otros aspirantes. El decreto 239-2025, publicado en el Boletín Oficial hace apenas dos semanas, formalizó ese reordenamiento y dejó en evidencia que no se trata de una designación decorativa.
No es que falten otros actores en escena. Marcelo Rodio, desde la Agencia Córdoba Cultura; Héctor “Pichi” Campana, al frente de Deportes y Políticas Vecinales en el municipio; y aliados de peso como el ministro de Seguridad, Juan Pablo Quinteros, también tienen proyección y presencia en la ciudad. De hecho, en el propio Centro Cívico destacan los buenos números de imagen de Quinteros en la Capital.
Sin embargo, hay una diferencia clave que el llaryorismo no pierde de vista: Siciliano es un dirigente formado y fogueado íntegramente en el PJ. Su construcción política, a diferencia de otros perfiles más transversales, se asentará principalmente en la estructura partidaria y en el trabajo de base. En un peronismo que, más temprano que tarde, termina ordenándose desde el territorio, ese dato no es menor.
Ahí aparece el nudo del problema. El PJ Capital está dominado desde hace años por el viguismo, que no solo conserva el control de la estructura sino que además cuenta con su propio candidato natural: Héctor Campana. La avanzada del llaryorismo, respaldada por cambios en la estructura de gobierno y por una mayor injerencia provincial en la ciudad, amenaza con alterar un equilibrio que hasta ahora parecía estable.
Pensar que este reordenamiento no tendrá impacto en el armado territorial sería, cuanto menos, ingenuo. Si cambian las áreas que administran recursos, programas y presencia en los barrios, inevitablemente cambian también las relaciones de poder. La política cordobesa ha demostrado, una y otra vez, que las estructuras se alinean allí donde están las herramientas para gestionar demandas concretas.
De cara al preelectoral 2026, la gran incógnita es cómo se reconfigurará el PJ Capital. El peronismo, por definición, es pragmático. Todo indica que, a medida que se acerque el 2027, tenderá a amalgamarse en torno a quienes ocupen los roles protagónicos y dispongan de los recursos necesarios para impulsar un proyecto competitivo. Pero el camino hasta ese punto no está exento de tensiones.
El viguismo enfrenta una disyuntiva: puede optar por articular con el trabajo territorial que desplegará el ministerio de Vinculación en la ciudad o puede cerrar filas detrás de su propio candidato, aun a costa de una coordinación más limitada con las políticas provinciales. Ninguna de las dos opciones está exenta de costos.
En el medio queda el intendente. Su llegada al Palacio 6 de Julio en 2023 se apoyó fuertemente en las estructuras que responde a Alejandra Vigo, pero su proyección futura depende, en buena medida, de la capacidad de la Provincia para apuntalar la gestión en la Capital. Mejorar la imagen municipal no es solo una necesidad de gobierno: es una condición indispensable para aspirar a algo más allá del 2027.
Así, el peronismo que viene empieza a tomar forma entre reordenamientos administrativos, habilitaciones políticas y disputas silenciosas. Llaryora ya puso la Capital en el centro del tablero. Falta ver si el resto de las piezas se moverán en la dirección que imagina el gobernador o si el PJ capitalino volverá a demostrar que, aun dentro del mismo signo político, el poder nunca se entrega sin dar pelea.
