
Hay trayectorias políticas que no se borran con un cambio de nombre, un nuevo eslogan o una estrategia electoral renovada. Martín Llaryora tiene un pasado político que lo une de manera directa e indisoluble a Juan Schiaretti y al modelo de gestión que gobierna Córdoba desde hace más de dos décadas. Por más que hoy intente despegarse bajo rótulos como “cordobesismo” o “Provincias Unidas”, la realidad es que fue protagonista central de ese proceso y responsable, junto a otros, de las consecuencias que hoy padecen los cordobeses.
Llaryora no fue un espectador ocasional. Fue ministro, diputado nacional, vicegobernador y hoy gobernador. Ocupó cargos de máxima responsabilidad política y ejecutiva en cada una de las etapas de este modelo. Por lo tanto, no puede ni debe presentarse como una novedad o como alguien ajeno a las decisiones que marcaron el rumbo de la provincia. La deuda externa que hoy condiciona el crecimiento de Córdoba, el aumento desmedido del gasto público, la multiplicación del empleo estatal iniciado en 1999, la creación interminable de ministerios, secretarías y agencias, todo eso se gestó y consolidó con Llaryora dentro del sistema de poder.
Las consecuencias están a la vista. Una provincia con servicios esenciales deteriorados, con un sistema de salud colapsado, una educación que pierde calidad año tras año, una política de seguridad improvisada y jubilaciones que ya no garantizan una vida digna. Lejos de corregir ese rumbo, en los dos años que lleva como gobernador Llaryora profundizó el mismo modelo económico: ajuste sobre trabajadores y jubilados, aumento confiscatorio de impuestos y tarifas, y una presión fiscal que asfixia a familias, comercios y empresas.
Resulta difícil entender cómo pretende despegarse de Schiaretti cuando fue él quien lo promovió políticamente y lo impulsó al cargo que hoy ocupa. La pregunta es inevitable: ¿qué pensará Schiaretti al ver que su heredero político intenta reescribir la historia? ¿O acaso la ingratitud y la negación del propio pasado forman parte de la estrategia?
No se puede gobernar sin memoria ni honestidad política. Pretender desconocer a toda una clase dirigente de su propio partido, que trabajó durante años para que Llaryora llegara a la gobernación, no solo es un gesto de oportunismo, sino también una falta de respeto a los cordobeses. Porque la ciudadanía no vota relatos: vota realidades, trayectorias y resultados.
El pasado de Llaryora no es un ancla que otros le impusieron: es una construcción propia. Y mientras siga aplicando las mismas recetas, tomando las mismas decisiones y defendiendo el mismo esquema de poder, será imposible que se despegue de un modelo que hoy muestra claros signos de agotamiento. Córdoba necesita un cambio de rumbo verdadero, no un cambio de nombre para seguir haciendo lo mismo.
