Llaryora y el desafío 2026: resetear el peronismo en tiempos de ola violeta

El peronismo atraviesa una crisis que ya no puede explicarse sólo por una mala elección o por el desgaste de una gestión puntual. Los números empiezan a ponerle forma a una percepción extendida: el 53,1% de los argentinos considera que el peronismo ya no representa a la sociedad actual. El dato surge de uno de los últimos estudios de la consultora Zuban Córdoba realizados en 2025 y tiene una particularidad inquietante para la dirigencia tradicional: no se concentra en un solo segmento ideológico, sino que atraviesa edades, regiones y experiencias de voto.

Ese diagnóstico ayuda a entender buena parte del presente político nacional. En particular, explica por qué el gobierno de Javier Milei logra sostener un núcleo de apoyo relevante aun cuando el “metro cuadrado” económico —la percepción personal sobre ingresos, consumo y calidad de vida— muestra claros signos de deterioro. La clave no parece estar tanto en una adhesión masiva al ideario libertario, sino en la ausencia de una alternativa opositora que logre reconstruir legitimidad social.

En Córdoba, ese escenario no pasa inadvertido. Imposible saber si Martín Llaryora leyó en detalle el informe de Zuban Córdoba, pero lo cierto es que sus últimos movimientos parecen dialogar de manera bastante precisa con ese clima de época. El gobernador comenzó a surfear la ola violeta que desde 2023 viene golpeando con fuerza en la provincia, donde Milei y sus candidatos acumularon cuatro triunfos resonantes. Y lo hace con una estrategia clara: despegarse del desgaste simbólico del peronismo nacional, reforzar el cordobesismo y reordenar su gestión con la mira puesta en 2027.

Los cambios recientes —y los que aún podrían llegar— no se limitan al gabinete. Incluyen designaciones clave en el Poder Judicial, una reconfiguración del mapa ministerial y una narrativa política que busca correr el foco de los últimos 27 años de gobiernos peronistas en la provincia para concentrarse exclusivamente en el “modelo Llaryora”. No es un dato menor: en los anuncios oficiales ya no aparece el sello “gestión Llaryora”, sino una consigna más amplia y cuidadosamente elegida: las obras “pertenecen a los cordobeses”. Menos referencias a De la Sota y Schiaretti; más identidad provincial, más cordobesismo. “No se trata de tirar a nadie por la ventana, pero hay que ser pragmáticos”, repiten cerca del gobernador.

En rigor, el giro no debería sorprender. La misma noche en que le ganó a Luis Juez por apenas tres puntos en 2023, Llaryora dejó una frase que hoy cobra otra dimensión: “Hay una generación que se retira y otra que ingresa, por eso no hay más 24 años”. Lo dijo con Juan Schiaretti a pocos metros y rodeado de dirigentes del PRO y la UCR que hoy forman parte del armado cordobesista. El mensaje fue claro y el tiempo lo terminó confirmando: el desafío no es sólo electoral, sino cultural y generacional.

En el Panal tienen un objetivo explícito: evitar que a Córdoba llegue una ola antiperonista similar a la que se percibe en otros distritos. Por ahora, explican, lo que predomina es un fuerte antikirchnerismo, un fenómeno que en la provincia nunca terminó de consolidarse como opción local. “Acá los K nunca fueron una alternativa real, salvo en alguna elección presidencial puntual donde Cristina arrasó”, señala un analista que suele medir el humor social en Córdoba. Esa particularidad le da a Llaryora una ventana de oportunidad, pero también una advertencia.

Los cambios en el gabinete apuntan en esa dirección. La reestructuración prevista para este año reducirá a 12 las áreas con rango ministerial, transformando en secretarías carteras como Ambiente y Desarrollo Humano, que estaban a cargo de Victoria Flores y Liliana Montero. A eso se suma la designación de Marcelo Rodio en Cultura, con un esquema de roles bien definido: Raúl Sansica seguirá abocado al diseño de la política cultural, mientras que Rodio tendrá la misión de recorrer los más de 200 festivales que se realizan en el interior provincial. La consigna es clara: militar el cordobesismo en todo momento y en todas las áreas.

Un desgaste que excede la coyuntura
La pérdida de representación del peronismo no es sólo electoral ni puede atribuirse exclusivamente a su última experiencia nacional. Se trata de un proceso más profundo, vinculado a la desconexión entre dirigencias, discursos y demandas sociales reales. Incluso entre votantes que no se identifican con el libertarismo aparece una percepción extendida: el peronismo ya no logra expresar ni ordenar el malestar social, un rol que históricamente supo ocupar. Fragmentación interna, superposición de liderazgos y ausencia de un horizonte común completan el diagnóstico.

En ese contexto, Llaryora intenta diferenciarse con una agenda que él mismo definió como “liberal”. El achique del Estado provincial, la reducción de ministerios y la presentación del presupuesto 2026 —anunciado como “un plan histórico de reducción de impuestos”— fueron leídos por la oposición como gestos demagógicos. Sin embargo, el gobernador no esquivó la polémica y fue directo: “Con La Libertad Avanza compartimos electorado”, dijo en un streaming, marcando distancia del kirchnerismo sin confrontar de lleno con Milei.

En el Centro Cívico reconocen algunos méritos del Presidente, pero insisten en que su irrupción fue, en buena medida, una opción por descarte. “No estamos bien con Milei, pero es peor que vuelva el kirchnerismo”, sintetiza un razonamiento que se repite en muchos votantes. El estudio de Zuban Córdoba refuerza esa lectura: aunque casi la mitad de los encuestados asegura estar peor económicamente que con el gobierno anterior, Milei mantiene niveles de competitividad significativos. No por fortaleza propia, sino por la debilidad de una oposición que no logra canalizar el descontento.

Otro dato que miran con atención en el Panal es el comportamiento generacional. Entre los jóvenes, la identificación con el peronismo es mínima y suele asociarse a “una visión del pasado que no dialoga con sus trayectorias laborales, culturales y simbólicas”. En los mayores de 45 años, en cambio, el desgaste convive con cierta nostalgia: el recuerdo de un peronismo que supo articular expectativas y ordenar conflictos, pero que hoy aparece desdibujado. En ambos casos, el resultado es el mismo: desafección política.

Por eso, desde el gobierno provincial sostienen que llegó el momento de salir a la calle y renovar figuras clave. La apuesta es clara: dirigentes de 40 a 45 años, con capacidad de conectar con los problemas cotidianos y de ponerle un rostro más actual al modelo cordobés.

Llaryora no quiere repetir el susto del 26 de junio de 2023, cuando pasó de creer que la elección sería un trámite a descubrir, cerca del mediodía, que podía perderla. “Nunca lo vi tan enojado como ese día”, recuerda un ministro que ya milita activamente el modelo Llaryora. El mensaje interno es contundente: en un contexto de desgaste del peronismo y de avance libertario, no hay margen para la autocomplacencia. Resetearse no es una opción estética; es, para el gobernador, una condición de supervivencia política.

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