La relación entre la Casa Rosada y el cordobesismo volvió a tensarse al límite esta semana, obligando al ministro del Interior, Diego Santilli, a reactivar de urgencia un diálogo que venía congelado con el gobernador Martín Llaryora. El disparador fue claro: la amenaza concreta de los gobernadores de Provincias Unidas de votar en contra del Presupuesto nacional, un gesto político que encendió todas las alarmas en Balcarce 50.

El martes por la noche, Santilli retomó el contacto con Llaryora luego de semanas de silencio, en un contexto especialmente delicado para Córdoba. La provincia atraviesa una crisis profunda en su Caja de Jubilaciones, con un déficit creciente, estatales movilizados y la demora persistente de los fondos que Nación debería girar para sostener el sistema previsional. Ese cóctel dejó al gobernador al borde de una ruptura política con el gobierno de Javier Milei, justo cuando el oficialismo libertario necesita votos para aprobar la ley de leyes en el Congreso.
El giro del ministro del Interior no fue casual. Hasta ahora, Santilli había esquivado sistemáticamente el diálogo con Córdoba, incluso después de un primer encuentro que no tuvo continuidad. Esa actitud generó un fuerte malestar en el Centro Cívico. “El muchacho dijo que llamáramos, que íbamos a seguir conversando, y no volvimos a tener noticias hasta este martes”, reconoció sin rodeos un funcionario del gabinete provincial al tanto de las negociaciones por fondos nacionales.
La reaparición de Santilli se produjo después de un Zoom clave entre los mandatarios dialoguistas, donde quedó expuesto el hartazgo por el ninguneo de la Casa Rosada: reparto discrecional de los ATN, exclusión de espacios relevantes en las comisiones del Congreso y una interlocución cada vez más cerrada. En Córdoba, ese destrato tuvo un impacto inmediato. Cerca de Llaryora admitían “decepción” por la demora del ministro en retomar el contacto, mientras crecía la idea de endurecer la posición parlamentaria.
En la gobernación decidieron, por ahora, bajar un cambio. Acordaron darle a Santilli lo que resta de la semana para intentar destrabar un acuerdo, con la Caja de Jubilaciones como eje central, pero no el único. El mensaje fue claro: el margen de paciencia existe, pero es acotado.
Detrás de la escena aparece otro factor que erosiona la figura del ministro del Interior. En el peronismo cordobés comparan cada vez más su rol con el que supo tener Guillermo Francos: un interlocutor sin poder real. “Está claro que Santilli no toma las decisiones. Los únicos que influyen de verdad son ‘Toto’ Caputo, Santiago y Karina, con los Menem”, disparó un dirigente del PJ provincial. La injerencia del clan Menem en el reparto económico y político es, puertas adentro, uno de los principales focos de irritación.
Mientras tanto, en el Congreso, los libertarios aceleran para reunir voluntades que les permitan aprobar el Presupuesto y empujar, en paralelo, la reforma laboral en el Senado. En ese tablero, el malestar de Provincias Unidas se profundiza. Desde la Rosada parecen haber optado por una alianza más aceitada con gobernadores peronistas del Norte, a quienes consideran más “confiables” y, sobre todo, más baratos en términos políticos. La amenaza de votar contra el Presupuesto ya fue explicitada, aunque en el oficialismo nadie la toma del todo en serio.
“Hay que seguir conversando. Vamos a ver…”, deslizó un dirigente cordobesista cuando se le preguntó si esta tensión pone en riesgo los votos a la ley de leyes. Sin embargo, el cuadro se complejiza con otro elemento: la ausencia, hasta ahora, de Juan Schiaretti en la Cámara de Diputados. El exgobernador se recupera de una cirugía cardiovascular, pero en el peronismo cordobés empiezan a surgir dudas sobre si asumirá en lo inmediato, en marzo o, incluso, si lo hará. En ese marco, algunos se preguntan si el reciente desplazamiento de Daniel Tillard del Banco Nación no guarda relación con ese vacío político.
Schiaretti observa, además, que Provincias Unidas no termina de “leudar” como él imaginaba. A eso se suma su escaso interés por conducir el bloque y por involucrarse en las discusiones de las reformas nacionales previstas para 2026. En el Centro Cívico creen que influyen también la derrota electoral con la que ingresaría al Congreso y una falta de sintonía fina, cada vez más visible, con su sucesor.
Las tensiones no se agotan en la relación con Nación. La vieja guardia del cordobesismo todavía no digiere el empoderamiento de Miguel Siciliano dentro del gabinete y mira con creciente preocupación los movimientos en el Tribunal Superior de Justicia. La sucesión de Luis Angulo en la presidencia del TSJ —el ultraschiarettista no puede renovar mandato— abre otro frente sensible en la interna del peronismo provincial, que cierra 2025 con más preguntas que certezas.
En ese clima, un funcionario cordobés sintetizó el estado de ánimo con crudeza, durante la siesta del martes: “Si estamos complicados entre nosotros, menos nos va a dar la nafta para salir a pelear afuera”. Una frase que resume no solo el enojo con Santilli y la Casa Rosada, sino también la fragilidad interna de un oficialismo provincial que, mientras negocia con Nación, intenta no desordenarse puertas adentro.
