La Unión Cívica Radical cerró el año con una definición clave en su conducción nacional que, lejos de clausurar tensiones, volvió a exponer las fisuras internas de un partido que todavía busca una identidad clara en el nuevo mapa político argentino. La elección de Leonel Chiarella como presidente del Comité Nacional reordenó el tablero en Buenos Aires, pero dejó ondas expansivas en las provincias. En Córdoba, esas repercusiones se tradujeron en ganadores concretos, ausencias difíciles de disimular y un dilema estratégico que vuelve a tensar al radicalismo frente al peronismo gobernante y al avance del Frente Cívico como principal fuerza opositora.

El 12 de diciembre de 2025, el intendente de Venado Tuerto, dirigente joven del interior santafesino, fue ungido como sucesor de Martín Lousteau al frente del radicalismo nacional. El respaldo decisivo llegó del gobernador Maximiliano Pullaro, figura central del armado de Provincias Unidas, espacio que hoy gravita con fuerza en la discusión parlamentaria y en la rosca partidaria. La salida de Lousteau, cuya presidencia dejó un saldo político magro en un partido en crisis, se resolvió más por necesidad que por convicción.
Puertas adentro, el consenso fue leído con ironía. “Se sacaron el tema de encima”, deslizan desde el radicalismo, en referencia a una elección que buscó cerrar rápido un capítulo incómodo. No todos acompañaron. Alfredo Cornejo, gobernador de Mendoza, y Leandro Zdero, mandatario chaqueño, quedaron al margen del acuerdo, plantándose en contra de un entendimiento más profundo con Provincias Unidas, especialmente de cara a la estrategia en Diputados.
En paralelo, Gustavo Valdés —exgobernador de Corrientes y hasta último momento mencionado como posible presidente boina blanca— decidió bajarse de la carrera. Su renunciamiento no fue neutro: retiró a su diputado nacional del bloque de Provincias Unidas para sumarlo al bloque radical y, como gesto político, colocó al cordobés Javier Bee Sellares en el tercer escalón de la nueva conducción.
La mesa nacional quedó conformada con Piera Fernández como secretaria general; Inés Brizuela y Doria (La Rioja) como vicepresidenta primera; Javier Bee Sellares como vicepresidente segundo; y María Inés Zigarán (Jujuy) como vicepresidenta tercera. En las secretarías aparecen Daniel Kroneberger (La Pampa), Gabriela Valenzuela (Corrientes), Danya Tavela (Buenos Aires), Ramón Mestre (Córdoba), Agustina Madariaga (Río Negro) y Daniel Angelici (CABA).
Aquí aparece el primer dato clave para Córdoba. De los once núcleos que integran el Comité Nacional, la provincia logró dos representaciones formales: Bee Sellares y Mestre. En contrapartida, Rodrigo de Loredo y su espacio quedaron completamente fuera del esquema nacional. Desde ese sector minimizan la ausencia y aseguran no sentirse incómodos, pero en otros sectores del radicalismo cordobés la lectura es distinta: lo anotan como un déficit político que puede pesar más temprano que tarde.
El reordenamiento nacional tuvo efectos inmediatos en el territorio cordobés. Aunque la UCR insiste en que cada distrito conserva autonomía, la foto de la nueva conducción reavivó internas y lecturas cruzadas. La falta de figuras de peso en los principales cargos alimentó la percepción de una dirigencia “flaca”, más preocupada por equilibrios coyunturales que por un plan de fortalecimiento partidario a mediano plazo.
El escenario se vuelve todavía más espinoso cuando se observa la relación, cada vez más gris, entre la UCR orgánica y Provincias Unidas. En el Congreso ya circula la hipótesis de un nuevo bloque que nuclee a ambos espacios, una posibilidad que incomoda a varios radicales cordobeses. En una provincia donde el radicalismo intenta consolidarse como la principal oposición al peronismo, esa indefinición nacional no ayuda: por ahora, la ventaja en la pulseada opositora parece correr a favor del Frente Cívico, que capitaliza la dispersión ajena.
Cornejo fue explícito. Rechazó cualquier alternativa de unidad con Provincias Unidas y retiró a sus delegados de la discusión del 12 de diciembre. El gesto profundizó la grieta interna y dejó al descubierto que, más allá de los nombres propios, la UCR sigue discutiendo una cuestión más de fondo: cómo pararse frente al poder y con qué identidad competir en un sistema político cada vez más fragmentado.
Para Córdoba, el mensaje es tan claro como incómodo. Hay lugares en la mesa nacional, pero también ausencias que pesan. Y vuelve a escena un interrogante que el radicalismo arrastra desde hace años: si quiere ser protagonista en 2027, deberá resolver primero sus propias contradicciones. Como suele ocurrir, el Comité ordena; pero la política real, la que define liderazgos y alianzas, se juega puertas adentro y, sobre todo, en casa.
