La Unión Cívica Radical dio este viernes un paso que combina renovación generacional y alto riesgo político. En un plenario atravesado por tensiones internas y ausencias significativas, el intendente de Venado Tuerto, Leonel Chiarella, fue elegido como nuevo presidente del Comité Nacional de la UCR, en reemplazo de Martín Lousteau. Con apenas 36 años, Chiarella se convirtió en el titular más joven en los 135 años de historia del partido centenario.

La designación llega en un momento particularmente delicado para el radicalismo: debilitado electoralmente, fragmentado en el Congreso y sin una estrategia nacional clara frente al Gobierno y al nuevo mapa de alianzas. En ese contexto, la elección de un dirigente joven, sin pertenencia explícita a las principales tribus internas, aparece tanto como una apuesta a la renovación como una salida pragmática ante la falta de consensos más robustos.
Una conducción plural… y discutida
Chiarella encabezará una mesa de conducción amplia y federal. Estará acompañado por Piera Fernández, ex presidenta de la FUA, como secretaria general; Inés Brizuela y Doria (La Rioja) como vicepresidenta primera; Javier Bee Sellares (Córdoba) como vice segundo; y María Inés Zigarán (Jujuy) como vice tercera.
El Comité se completa con una nómina diversa de secretarios: Daniel Kroneberger (La Pampa), Gabriela Valenzuela (Corrientes), Marcos Ressico (Chaco), Danya Tavela (Buenos Aires), Ramón Mestre (Córdoba), Agustina Madariaga (Río Negro) y Daniel Angelici (CABA).
Sin embargo, la foto de unidad quedó rápidamente opacada. Los delegados de Mendoza y Chaco no ingresaron al plenario, en rechazo a la decisión mayoritaria impulsada, según denunciaron, a instancias de una propuesta del gobernador santafesino Maximiliano Pullaro.
“No entramos al plenario porque no estamos conformes con llevar al partido a Provincias Unidas”, admitió el mendocino Alfredo Cornejo, marcando uno de los principales focos de conflicto que deberá administrar la nueva conducción.
Un discurso contra la grieta y a favor de la gestión
Pese a las disidencias, Chiarella asumió con un discurso enfático y emocional desde la sede del Comité Nacional, en la calle Alsina.
“Vamos la UCR, carajo”, exclamó al tomar la palabra, consciente del simbolismo de su llegada en medio de una de las crisis más profundas del partido desde 1983.
“Decían que agarraba una papa caliente, pero asumir es el desafío más hermoso de nuestra vida política”, afirmó, y buscó diferenciarse del clima de polarización que domina la escena nacional. “La grieta solo beneficia a los que forman parte de ella”, sostuvo, en una definición que apunta tanto al oficialismo como a la oposición dura.
Chiarella intentó respaldar su planteo con resultados de gestión: recordó que la UCR gobierna cinco provincias y más de 500 intendencias, y subrayó que “cuando no hay corrupción, los recursos alcanzan”. También hizo eje en la seguridad y el combate al narcotráfico, una bandera especialmente sensible para el radicalismo santafesino.
Un partido partido en el Congreso
El nuevo presidente asume con un frente parlamentario debilitado. Tras la pobre performance electoral de octubre, el bloque radical “puro” en Diputados quedó reducido a seis legisladores, mientras que otros cinco se integraron a la bancada de Provincias Unidas. A eso se sumó la decisión de Karina Banfi de conformar un monobloque, profundizando la dispersión.
Paradójicamente, buena parte de los apoyos que facilitaron la llegada de Chiarella provinieron justamente de dirigentes alineados con Provincias Unidas, como Lousteau, Pullaro y Carlos Sadir, lo que alimenta las sospechas de los sectores más reacios a ese armado.
Una candidatura de síntesis… por descarte
En la previa, muchos veían al correntino Gustavo Valdés como el candidato natural para conducir el partido, apoyado en su reciente triunfo electoral y en su decisión de evitar un acuerdo con La Libertad Avanza. Sin embargo, Valdés optó por dar un paso al costado para evitar el desgaste de arbitrar entre facciones irreconciliables.
En ese vacío emergió la figura de Chiarella, catapultado como una opción de síntesis para evitar una interna abierta que profundizara la crisis. Su principal activo: no pertenecer orgánicamente a ninguna de las tribus que hoy se disputan el control del radicalismo.
Reforma laboral y señales al Gobierno
Consultado sobre la reforma laboral, el flamante presidente adoptó un tono moderado y pragmático. Reconoció que “hay un sistema que no funcionó” y que hoy hay más trabajadores en la informalidad que en la formalidad.
Planteó la necesidad de una “modernización laboral” que contemple a pymes, trabajadores y pequeños comerciantes, y admitió coincidencias parciales con el Gobierno nacional en temas como el equilibrio fiscal, la seguridad y el acompañamiento al sector productivo.
Disidencias que no se diluyen
La elección no cerró todas las heridas. El sector de Radicalismo Auténtico, referenciado en Federico Storani, Juan José Casella y Luis Cáceres, quedó completamente afuera del nuevo Comité Nacional. Desde allí acusan a la nueva conducción de insistir en un armado —Provincias Unidas— que “ya fue un fiasco electoral en la provincia de Buenos Aires”.
Lejos de disiparse, esas diferencias anticipan un escenario de disputa permanente, donde la juventud del nuevo presidente será puesta a prueba frente a una estructura partidaria acostumbrada a la interna y al equilibrio inestable.
Con Leonel Chiarella al frente, la UCR inicia una nueva etapa. La incógnita no es menor: si la renovación será suficiente para ordenar al partido y devolverle centralidad política, o si apenas funcionará como una tregua transitoria en medio de una crisis que todavía está lejos de resolverse.
