La elección legislativa dejó una marca profunda en el mapa político cordobés. La Libertad Avanza arrasó en la provincia y en la capital, superando por más de 14 puntos a Provincias Unidas, el frente impulsado por el exgobernador Juan Schiaretti y el actual mandatario santafesino Maximiliano Pullaro. El resultado no sólo fue una derrota electoral; fue un golpe estructural a un modelo político que durante más de dos décadas se presentó como la síntesis del “sentido común mediterráneo”.

El fin de la zona de confort
La contundencia del triunfo libertario en Córdoba y Santa Fe expuso con crudeza las limitaciones del cordobesismo y de los espacios autodenominados de centro. Ni la gestión, ni el relato de la “racionalidad” alcanzaron para contener a un electorado que, esta vez, votó con bronca y desafección.
El propio Schiaretti —tres veces gobernador y fundador de un esquema que se autoproclamó “modelo”— quedó fuera del tablero nacional. Su intento de rearmarse como articulador de un centro progresista con proyección federal terminó naufragando en las urnas. Y con él, también se diluyó la posibilidad de sentarse en una futura mesa presidencial.
El cordobesismo, acostumbrado a administrar poder y moderación, deberá revisar sus cimientos. El discurso de “gestión eficiente” perdió peso frente al hastío social y a la sed de cambio radical que capitalizó Javier Milei y sus candidatos, muchos de ellos desconocidos para el electorado. La elección demostró que la marca “modelo Córdoba” ya no tiene el blindaje de antaño.
Capital: la señal más alarmante
El contraste fue aún más severo en la ciudad de Córdoba, donde la gestión municipal de Martín Llaryora —que pretendía traccionar votos para Provincias Unidas— terminó funcionando como ancla electoral. Los libertarios ampliaron allí la diferencia con cifras que replican, casi calcadas, los patrones de 2023, cuando el peronismo local ya había mostrado signos de fatiga.
La capital, históricamente volátil, parece haberse convertido en el epicentro del voto antiestablishment. Allí donde antes predominaba el antikirchnerismo, ahora emerge con fuerza una identidad antipolítica y, sobre todo, antiperonista. Ese corrimiento cultural puede tener consecuencias más profundas que un resultado electoral: compromete la base misma sobre la que se apoyó el cordobesismo durante veinte años.
Un frente que nació derrotado
Provincias Unidas nació con pretensiones de renovación, pero terminó siendo una reformulación del viejo aparato. La alianza de intendentes, dirigentes de segunda línea y sectores del radicalismo no logró seducir ni entusiasmar. La sumatoria de nombres no se tradujo en votos, del mismo modo que en 2023 el “Partido Cordobés” había fracasado en su debut.
El mensaje de las urnas es claro: no alcanza con reacomodar las fichas dentro del mismo tablero. El votante cordobés parece haber pasado la página. Exige nuevos protagonistas, nuevas formas de comunicar y, sobre todo, una nueva mirada sobre la política.
Reconfiguración de la oposición
Mientras tanto, el escenario opositor se redefine. Luis Juez aparece como un actor inevitable, pero ahora deberá convivir con la ambición de un Gabriel Bornoroni que demostró precisión y resultados en su estrategia electoral. La pregunta es con qué “porcentaje societario” podrá sentarse Juez a negociar en adelante, y cuántos radicales —o qué tipo de radicales— se animarán a cruzar de vereda hacia un frente libertario fortalecido.
La Libertad Avanza, que en 2023 parecía un fenómeno pasajero, se consolidó como una nueva mayoría social. Y en ese nuevo tablero, el cordobesismo deberá decidir si se reinventa o se resigna a la marginalidad.
Los pocos consuelos del domingo gris
Entre los escasos alivios para Schiaretti y compañía figura que Natalia de la Sota no logró superar los dos dígitos. Su derrota aplaza, al menos por ahora, el riesgo de que el peronismo nacional empiece a mirarla como una alternativa de renovación. Otro punto menor en la columna positiva: Milei evitó incluir al exgobernador en su discurso confrontativo, ubicando al schiarettismo entre los “dialoguistas” del sistema político.
Pero incluso esos matices no alcanzan para disimular el diagnóstico general: el modelo cordobés perdió centralidad. El resultado en las legislativas no es un accidente, sino el síntoma de una crisis de representación profunda.
Una advertencia más que una derrota
En política, las derrotas que no se leen a tiempo suelen repetirse. Y Córdoba acaba de enviar un mensaje tan contundente como incómodo: el electorado ya no cree en el centro.
El desafío para Schiaretti, Llaryora y todo el esquema peronista cordobés no es sólo recomponer la tropa, sino rediseñar la identidad de un espacio que alguna vez fue sinónimo de estabilidad y hoy aparece vacío de épica y de futuro.
Porque si algo dejó claro la ola violeta, es que ya no se vota por gestión, sino por ruptura.
