En plena política de ajuste nacional, la Universidad Nacional de Córdoba y el Gobierno provincial sellan una alianza que desafía el desfinanciamiento del sistema científico. Un gesto de autonomía que posiciona a Córdoba como bastión de la educación pública y de la investigación frente al repliegue del Estado nacional.

En un contexto donde la palabra “ajuste” se convirtió en sinónimo de gestión nacional, Córdoba elige otro camino. Mientras el Gobierno de Javier Milei recorta fondos para universidades y ciencia, la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y la administración de Martín Llaryora fortalecen su alianza institucional y política para mantener viva la producción de conocimiento. Una decisión que no solo tiene consecuencias presupuestarias, sino también un fuerte contenido simbólico: Córdoba sostiene lo que Nación abandona.
La casa de estudios más antigua del país atraviesa uno de los escenarios financieros más críticos de las últimas décadas. En un comunicado reciente, la propia UNC reconoció que la ciencia, la tecnología y la vinculación productiva enfrentan “fuertes restricciones presupuestarias” por parte de los organismos nacionales. La falta de fondos impacta directamente en laboratorios, equipamientos y becas para investigadores. Pero lejos de paralizarse, la universidad decidió actuar: reestructuró prioridades, reasignó partidas y destinó recursos propios para que los proyectos sigan funcionando.
Entre 2023 y 2025, la UNC invirtió más de 1,6 millones de dólares en sostener 3.324 proyectos científicos, financiar becas de posgrado y adquirir insumos que, en tiempos normales, habrían sido cubiertos por el Estado nacional. Este esfuerzo implicó ajustes internos y resignar otros rubros, pero consolidó un mensaje claro: la universidad pública cordobesa no se rinde frente al desfinanciamiento.
Una jugada política
La decisión no puede leerse solo en clave administrativa. Detrás del esfuerzo financiero, hay una definición política de fondo. En tiempos en que la Casa Rosada impulsa un modelo de “achicamiento del Estado”, la UNC, bajo la conducción del rector Jhon Boretto, encarna un gesto de resistencia institucional. “Si la Nación se retira, Córdoba se queda”, parece ser la consigna tácita que guía su accionar.
En ese marco, la alianza con el Gobierno provincial de Martín Llaryora adquiere un valor estratégico. La Provincia se convirtió en un socio clave para sostener programas conjuntos, ofrecer apoyo técnico y aportar recursos que permiten continuar investigaciones y proyectos de innovación productiva. A través de convenios y políticas conjuntas, Córdoba refuerza así su propio modelo de desarrollo científico, incluso en ausencia del financiamiento nacional.
El entendimiento entre Boretto y Llaryora es más que una buena relación institucional. Es una sociedad política y técnica que redefine el vínculo entre la universidad y el Estado provincial. A diferencia de otras gestiones, donde los acuerdos quedaban en el protocolo, hoy existe una agenda común que abarca desde la investigación aplicada hasta el desarrollo tecnológico, la transferencia al sector productivo y la formación de capital humano.
Córdoba, laboratorio de autonomía
Esta sintonía entre el Rectorado y el Panal no pasa desapercibida en Buenos Aires. En la Casa Rosada, el gesto cordobés se interpreta como una muestra de autonomía política y un desafío al relato del ajuste. La UNC no solo reclama, actúa. Y esa decisión incomoda. Mientras Nación recorta, Córdoba invierte. Mientras el Gobierno nacional confronta con las universidades, la gestión provincial las respalda.
Esa diferencia también empieza a tener impacto político. En la antesala de un año electoral, Llaryora capitaliza el gesto de acompañar a la universidad en momentos críticos, proyectando una imagen de gestión responsable, moderna y comprometida con el conocimiento local. El contraste con el discurso nacional del “gasto cero” es evidente: Córdoba se muestra como territorio de resistencia académica y de defensa del saber público.
Entre la resiliencia y el riesgo
Claro que la apuesta tiene costos. Financiar ciencia con recursos propios tensiona las finanzas universitarias. Cada peso destinado a un laboratorio o a una beca se detrae de otros programas, en un contexto donde los salarios docentes y no docentes también sufren el impacto del ajuste. Pero la UNC asumió ese riesgo como parte de su identidad: la ciencia no se detiene.
La figura de Jhon Boretto, en ese sentido, gana peso dentro del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), donde se perfila como una de las voces más firmes frente al desmantelamiento del sistema universitario. Su liderazgo, apoyado por la comunidad científica y por la gestión provincial, consolida a Córdoba como un actor con voz propia en el mapa educativo argentino.
Ciencia y política, un mismo frente
Lo que ocurre en la UNC trasciende lo académico. Es un espejo del debate nacional sobre el rol del Estado y la soberanía del conocimiento. En un país donde la ciencia se convirtió en variable de ajuste, Córdoba levanta la bandera de la producción intelectual como motor de desarrollo. No se trata solo de sostener laboratorios: es defender un modelo de país que entiende a la educación pública como inversión, no como gasto.
En definitiva, la alianza entre Boretto y Llaryora reconfigura el tablero político y educativo del país. Córdoba vuelve a ser vanguardia, no solo por su historia universitaria, sino porque se atreve a desafiar la lógica del desfinanciamiento. En tiempos donde el conocimiento se precariza, la UNC demuestra que todavía hay espacio para la gestión autónoma, la cooperación local y la resistencia con sentido.
Mientras el Gobierno nacional impone tijeras, Córdoba empuña herramientas. En el corazón de la universidad pública más antigua del país, la ciencia se sostiene no por decreto, sino por convicción. Y esa convicción, compartida entre el Rectorado y el Panal, empieza a marcar un camino propio: el de una provincia que elige invertir en conocimiento cuando otros deciden recortarlo.
