El mapa político argentino cambió este domingo. Con un triunfo contundente, Axel Kicillof no solo consolidó su liderazgo en la provincia de Buenos Aires, sino que validó la estrategia política que viene desplegando desde 2023 y que lo coloca en el centro de la escena nacional con miras a 2027. El gobernador bonaerense emergió como el candidato natural del peronismo, tras resistir presiones internas, apostar al desdoblamiento electoral y construir un discurso de gestión que, hasta el momento, no registra manchas de corrupción.

El mensaje fue claro: Kicillof dio el primer paso hacia la presidencia. Su victoria lo ubica en una posición difícil de ignorar, incluso para un peronismo acostumbrado a disputas intestinas. Su figura representa, en este momento, la síntesis de un espacio que busca ordenarse frente al desconcierto libertario.
Un triunfo con proyección nacional
El gobernador bonaerense capitalizó la apuesta arriesgada de separar los comicios provinciales de los nacionales, una decisión inédita en la historia bonaerense. Esa jugada, sumada a la resistencia frente a Cristina Fernández y Máximo Kirchner que lo presionaban para competir por la presidencia en 2023, ahora se interpreta como la base de una estrategia exitosa. “Jugó fuerte y ganó fuerte”, resumió un dirigente peronista tras conocerse los resultados.
En su discurso de la victoria, Kicillof evitó estridencias. Eligió un tono medido, consciente de que la proyección nacional exige no solo votos sino moderación. Su capital político se apoya en una montaña de sufragios, sin denuncias graves de corrupción y con una gestión que logró sobrevivir a la tormenta económica nacional.
El peronismo, otra vez máquina electoral
El domingo no solo coronó a Kicillof. El peronismo demostró su capacidad de regeneración, plantando nuevos liderazgos. Gabriel Katopodis, clave en el triunfo en el norte del Conurbano, y Julio Alak, con su sorpresiva victoria en La Plata —incluida la simbólica City Bell, que no veía ganar al peronismo desde 1946— se suman como figuras de peso para la renovación interna.
Osvaldo Jaldo, gobernador de Tucumán, se apuró a felicitar a Kicillof y habló de “destino común”. Su giro no es menor: hace un año coqueteaba con Milei, pero ahora se muestra alineado con Manzur y apuesta a “aplastar a los libertarios” en octubre. El reacomodamiento de las piezas dentro del justicialismo ya está en marcha.
Milei en crisis de gobernabilidad
El contraste con el oficialismo libertario es brutal. Javier Milei quedó atrapado en una encerrona política y económica que recuerda la que atravesaba Alberto Fernández antes de la llegada de Sergio Massa al gabinete. Con los dos motores principales del gobierno —la política y la economía— en crisis, Milei enfrenta el interrogante central: ¿quién será su Massa?
Su asesor estrella, Santiago Caputo, logró salvar su lugar en la primera línea tras el revés electoral, pero ahora busca desplazar a los Menem y quedarse con la conducción política del gobierno. Para el entorno presidencial, el problema fue de implementación, no de modelo. Milei aceptó esa lectura y prometió autocrítica, aunque ratificó sin fisuras su programa económico.
No todos lo ven igual. En el PRO, sus aliados remarcan que la derrota se explica en partes iguales por la economía —“a la gente no le alcanza”— y por la falta de tacto político: agresividad, choques innecesarios y rigidez en temas sensibles. Desde ese sector incluso sugieren nombres para recomponer vínculos: Diego Santilli en Interior y Cristian Ritondo en Diputados, con la misión de acercar a gobernadores y radicales. Pero la urgencia económica sigue sin respuesta.
El mercado también castigó
Los mercados, que habían trazado un margen de tolerancia de hasta cinco puntos de derrota para seguir confiando en la hoja de ruta libertaria, reaccionaron mal. La diferencia fue casi el triple de ese límite. JP Morgan, uno de los bancos más influyentes, recomendó vender bonos argentinos, un golpe que complica aún más las semanas que restan hasta las elecciones del 26 de octubre.
Los analistas ya hablan de un retorno inevitable a los viejos fantasmas argentinos: devaluación, cepo y reperfilamiento de la deuda. Lejos de erradicarlos, Milei podría verse obligado a gestionarlos, contradiciendo la esencia de su propuesta.
¿Un punto de inflexión?
El resultado abre un debate profundo: ¿estamos ante un punto de inflexión en la relación de la sociedad con Milei? El libertario, que llegó al poder con un capital electoral inédito, aparece cada vez más como un líder que no logra traducir votos en poder político. Su tendencia a expulsar aliados, delegar decisiones críticas en cuadros poco experimentados y tensionar con todos los actores le acerca la etiqueta de “proyecto fallido”.
Mientras tanto, el peronismo huele sangre y se reorganiza con una velocidad que sorprende incluso a sus críticos. Kicillof, con un triunfo apabullante y un discurso sin estridencias, ya se instaló como el candidato que puede ordenar el tránsito hacia 2027. El contraste no podría ser más elocuente: mientras Milei apela a la magia de la política para suplir el fracaso económico y se hunde, el peronismo vuelve a hacer gala de su maquinaria electoral implacable.
