El oficialismo de Llaryora cerró la Legislatura: cuando el silencio es la peor respuesta

Por Miguel Nicolás, Legislador Provincial (Bloque UCR)

Hoy, miércoles, la Legislatura de Córdoba vuelve a estar en silencio. No se sesiona. La última vez que este recinto abrió sus puertas para debatir fue el pasado 30 de julio. Desde entonces, nada. Y según se comenta, recién se volvería a convocar el 20 de agosto. Casi tres semanas de parálisis institucional en un contexto provincial que exige, más que nunca, acción y respuestas.

Para quienes creemos en la política como herramienta de transformación, esta inactividad no es un simple dato administrativo: es una falta de respeto a las instituciones y, sobre todo, a la gente que representamos. Es también la evidencia de un oficialismo que prefiere esconderse detrás del calendario antes que dar la cara ante los problemas reales de Córdoba.

Los temas que esperan tratamiento no son caprichos opositores ni discusiones de salón. Son asuntos urgentes que golpean todos los días a los cordobeses:

  • Inseguridad que crece en cada barrio.
  • Subas de impuestos y tarifas que asfixian familias y comercios.
  • Contratos fantasmas que nadie quiere explicar.
  • Millonarios gastos en publicidad mientras faltan insumos en hospitales.
  • Presión fiscal que ahoga la producción.
  • El reclamo del 82% móvil para jubilados, postergado una y otra vez.
  • Fallas en el Apross que afectan a miles de afiliados.
  • Salarios congelados frente a la inflación.
  • Pedidos de informes sobre actividades irregulares en ministerios y organismos públicos que jamás obtienen respuesta.

Cada día que pasa sin sesión, estos proyectos se acumulan en los cajones. Y cada día que el oficialismo evita el debate, la distancia entre el poder político y la vida real de los cordobeses se agranda.

No se trata solo de un problema de gestión: es un síntoma de falta de sensibilidad social. El gobierno provincial parece más preocupado por blindar su imagen que por enfrentar la realidad. Prefieren apagar las luces de la Legislatura antes que encender el debate sobre lo que duele, molesta o incomoda.

Cerrar el Parlamento, aunque sea de manera informal y sin un decreto que lo declare, es una forma de clausurar la voz de la oposición y, con ella, la de miles de ciudadanos que esperan soluciones. En política, el silencio nunca es neutral: siempre beneficia al que ya tiene el poder y perjudica al que necesita respuestas.

Como legislador y como cordobés, no puedo quedarme callado ante esta inacción deliberada. La democracia se ejerce todos los días, no solo cuando conviene. Y hoy, la inactividad de la Legislatura es una mancha en el compromiso institucional que debería guiar al gobierno de Martín Llaryora.

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