El radicalismo cordobés atraviesa uno de sus momentos más tensos en los últimos años. Tras la intervención judicial que dejó sin efecto las internas partidarias y frustró la posibilidad de formar alianzas estratégicas, el escenario interno quedó dominado por un solo nombre: Ramón Mestre, exintendente de Córdoba y ahora virtual candidato a encabezar la lista. Sin embargo, el desafío que enfrenta no será únicamente competir en las urnas, sino lograr que sus propios correligionarios lo respalden.

El fin de semana, la conversación política entre dirigentes de la UCR giró casi exclusivamente en torno a este tema. La decisión judicial no solo alteró el calendario partidario, sino que profundizó las divisiones internas, dejando heridas abiertas y una marcada desconfianza hacia Mestre.
Enojo en el interior y cuestionamientos por la vía judicial
Dirigentes radicales de peso en el interior provincial, consultados por PCV, coincidieron en que existe un fuerte malestar con Mestre por haber judicializado el proceso interno. Según afirman, esta estrategia habría debilitado la legitimidad del liderazgo y dejó sin voz a amplios sectores que buscaban una resolución política.
En ese contexto, figuras claves del partido han comenzado a marcar distancia. Marcos Ferrer, presidente del Comité Provincia, anticipó que no hará campaña por Mestre y solicitará licencia en su cargo, en un gesto que refleja la magnitud de la fractura.
Por otra parte, la situación de Rodrigo de Loredo es incierta. Si bien no hay definiciones concretas, en el entorno radical dudan de que acepte un eventual tercer lugar en la lista de La Libertad Avanza. Tal movimiento podría exponerlo a reclamos internos para su expulsión, como ya ocurrió con otros dirigentes que optaron por caminos por fuera del partido.
Un partido fuerte en el interior, pero dividido
Aunque el radicalismo cordobés mantiene un peso electoral significativo en el interior de la provincia, la crisis actual amenaza con erosionar esa base. A Mestre le queda poco tiempo para recomponer puentes y generar un mínimo de consenso que le permita encarar la campaña con respaldo territorial.
El desafío no es menor: en un contexto de desconfianza, con referentes de peso alejándose y una militancia dividida, la tarea de convencer a sus propios correligionarios se perfila como la prueba más compleja de su carrera política reciente.
Si no logra sellar la unidad, el riesgo es claro: enfrentar las elecciones con un radicalismo debilitado y disperso, dejando el terreno libre para que sus competidores capitalicen la crisis interna.
