A horas del cierre de alianzas, la política argentina ingresa en su fase más intensa. Los discursos ya están sobre la mesa y las estrategias apuntan a reforzar la grieta. En Córdoba, Bullrich dio la señal de largada del nuevo relato oficialista, mientras el kirchnerismo resiste y los gobernadores tejen su propio juego.

Este jueves se cerrará el plazo para la inscripción de alianzas de cara a las elecciones legislativas del 26 de octubre, y con ello, se activará una etapa decisiva para la ingeniería política nacional. Aunque el calendario electoral marca fechas formales, la contienda real ya comenzó: los discursos y alineamientos están en plena efervescencia y anticipan el tipo de disputa que marcará el nuevo ciclo político.
En este contexto, La Libertad Avanza (LLA) refuerza su perfil de fuerza centrípeta: no se suma a alianzas formales sino que absorbe actores políticos que orbitan su eje. El caso del PRO en la Ciudad de Buenos Aires y en la provincia homónima es paradigmático: los libertarios no negocian como socios, sino que exigen subordinación. “No hay lugar para medias tintas”, fue el mensaje implícito que Patricia Bullrich dejó durante su reciente visita a Córdoba, donde dejó entrever la narrativa con la que el oficialismo nacional buscará consolidar su poder en el Congreso.
El discurso libertario: logros y enemigos
La exministra de Seguridad delineó lo que será el relato de campaña del mileísmo: una celebración enfática de la baja en la inflación como conquista central del gobierno de Javier Milei, y una crítica frontal a gobernadores e intendentes que, según su mirada, no acompañan el ajuste fiscal necesario.
La lógica es clara: según esta narrativa, el gasto provincial y municipal es un obstáculo para continuar con la baja de impuestos y la “liberación” de la economía. De esta manera, se construye un nuevo antagonista: los gobernadores. Córdoba, Santa Fe, Corrientes, Chubut y Jujuy aparecen en la mira, no solo por resistir el modelo libertario, sino por promover una estrategia federal alternativa, que busca reequilibrar el mapa político.
En palabras de Bullrich, estos jefes provinciales —aglutinados en el espacio Grito Federal— son vistos como los responsables del “modelo viejo”, aferrados a un esquema de coparticipación que el gobierno nacional considera obsoleto y parasitario. Pero los gobernadores no se quedan callados: impulsan la conformación de un bloque legislativo propio para después del 10 de diciembre, con capacidad de negociar leyes a cambio de recursos concretos para infraestructura, rutas y producción, en una Argentina profunda que, denuncian, sigue postergada.
El kirchnerismo: entre el repliegue y la resistencia
En el otro polo de la grieta, el kirchnerismo atraviesa un momento ambiguo. Aunque conserva poder en distritos claves —especialmente la provincia de Buenos Aires—, enfrenta una retracción nacional significativa. Las tensiones internas entre Axel Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner son la manifestación visible de un movimiento que ya no logra unificar al peronismo como en ciclos anteriores.
A diferencia del estilo absorvente de Milei, el kirchnerismo pierde hegemonía, y aunque mantiene una base fiel, su capacidad para liderar coaliciones amplias parece en declive. Su rol en la futura reconfiguración del peronismo será decisivo, pero aún incierto.
¿Dónde queda el centro?
En este contexto, las opciones intermedias tienen poco margen de maniobra. El escenario electoral se encamina hacia una bipolaridad extrema, donde los discursos no apelan tanto a la persuasión como al enfrentamiento. Como lo señaló Bullrich en un tono algo cínico, esta política “entretiene” al electorado mientras los verdaderos acuerdos se negocian en las sombras.
La fecha límite para la inscripción de listas es el 17 de agosto, pero para entonces la polarización ya habrá moldeado la oferta electoral. Las elecciones legislativas de octubre no solo definirán bancas: también pondrán a prueba cuál de las dos visiones —la de la motosierra libertaria o la del Estado presente— logra imponer su relato.
Una historia repetida
La dinámica no es nueva. Desde la Generación del ’80, la política argentina ha oscilado entre dos polos: mitristas y federalistas, radicales y conservadores, peronistas y antiperonistas. Hoy, el antagonismo se redefine entre la nueva derecha libertaria y un peronismo en transición, con el resto del sistema político obligado a elegir bando o diluirse.
El riesgo es que esta lógica deje fuera del juego a cualquier expresión política que intente salir de la dicotomía, reforzando una grieta que, lejos de cerrarse, se profundiza. Así, los ciudadanos quedan atrapados en un espectáculo político con guion repetido, donde los verdaderos intereses de las provincias, de los sectores productivos y de la vida cotidiana suelen quedar en segundo plano.
