
Miércoles. Un día laboral como cualquier otro. O debería serlo. Pero en Córdoba Capital, miles de vecinos vieron alterada su rutina desde la madrugada por una decisión insólita del gobierno municipal: cortar completamente la avenida General Paz, una de las principales arterias del centro, desde las 4:30 de la mañana y durante casi 24 horas. ¿El motivo? La entrega de los Premios Sur 2025 en el Teatro del Libertador.
Sí, leyó bien. No fue por una emergencia, ni por tareas urgentes de infraestructura o seguridad pública. Fue por un evento social y cultural organizado por el propio Estado. Una postal perfecta de lo que viene ocurriendo en Córdoba desde hace tiempo: un gobierno más preocupado por la estética del marketing que por la logística cotidiana que sostiene la vida de miles de cordobeses.
Mientras Llaryora y Passerini se esfuerzan por mostrar una Córdoba reluciente para las cámaras, se olvidan —o deciden ignorar— que detrás de cada embotellamiento hay trabajadores que llegan tarde, comerciantes que pierden ventas, vecinos que no pueden cumplir con sus compromisos, padres y madres que no pueden llevar a sus hijos a la escuela, y transportistas que deben rodear media ciudad para completar su jornada.
¿Acaso quienes gobiernan no advierten que mucha gente en Córdoba vive al día? ¿Que hay miles de vecinos que, si no trabajan un miércoles, no comen un jueves? ¿Qué derecho tienen a poner en pausa la vida urbana para un acto protocolar?
En medio del caos y las quejas generalizadas, la Municipalidad decidió “habilitar media calzada” de General Paz… pero sólo hasta las 17 y solo para transporte público, taxis, remises y camiones de basura. Un parche insuficiente, tardío y arbitrario que no soluciona el problema de fondo: una gestión que prioriza lo superficial por sobre lo esencial.
Este tipo de decisiones reflejan un estilo de gobernar que no conecta con la realidad. Llaryora y Passerini viven en una burbuja institucional donde los recursos públicos se usan para eventos “instagramables”, mientras los cordobeses hacen malabares para ganarse el pan. Prefieren el pan y circo al trabajo productivo. Prefieren las luces del escenario antes que resolver los verdaderos desafíos que enfrenta la ciudad: inseguridad, desempleo, transporte caro e ineficiente, inflación y deterioro urbano.
Basta de improvisación. Gobernar no es poner moños a una ciudad, sino facilitarle la vida a su gente. Y cuando el “marketing de la gestión” genera más problemas que soluciones, entonces no hay gestión que valga.
Es hora de volver a lo esencial. A pensar políticas públicas con los pies en la tierra. A valorar a quienes todos los días mueven la ciudad con su esfuerzo, en vez de interrumpirles la vida para aplaudir desde un palco.
Porque los premios no sirven si se entregan a costa del sacrificio de los demás.
…Así estamos.

