«Trabajo no es sinónimo de eficacia»: la inseguridad como espejo de la gestión de Quinteros

Por Miguel O. Nicolás, Legislador Provincial – Bloque UCR

Desde hace tiempo vengo observando una tendencia preocupante en la gestión de la seguridad en Córdoba: mucho esfuerzo, muchas declaraciones públicas, mucha exposición… pero pocos resultados concretos. El ministro de Seguridad, Juan Pablo Quinteros, suele repetir que él responde con trabajo. Y no seré yo quien lo niegue. De hecho, reconozco su capacidad de esfuerzo, porque cuando fue oposición no descansaba en denunciar, señalar irregularidades y exigir transparencia. Pero hoy, ese mismo empuje parece haber sido devorado por el silencio cómodo de quien forma parte del poder que antes criticaba con dureza.

Lamentablemente, tengo que decirlo con todas las letras: el trabajo de Quinteros es ineficaz e ineficiente. Y no lo digo con liviandad, sino viendo a diario cómo la realidad de los cordobeses se deteriora. ¿De qué sirve que un funcionario trabaje si ese esfuerzo no se traduce en seguridad real para la gente? ¿Qué sentido tiene hablar de operativos, estadísticas y estrategias si los vecinos siguen encerrados en sus casas mientras los delincuentes gozan de impunidad?

Si el ministro no puede controlar a las fuerzas que dependen de él, si no puede garantizar el mínimo orden dentro de la propia estructura policial, ¿cómo va a proteger a los ciudadanos? La Policía de Córdoba atraviesa una crisis profunda de credibilidad, coordinación y operatividad. Y el ministro, lejos de encarar un cambio de fondo, se limita a discursos altisonantes que ya nadie cree.

No se trata de negar su voluntad de trabajo. Pero los cordobeses no necesitan ministros voluntariosos: necesitan resultados. Necesitan caminar por las calles sin miedo, volver a casa sin sobresaltos, vivir sin alarmas, rejas ni cámaras en cada esquina. Hoy, eso no existe. Y no porque falte trabajo, sino porque falta rumbo, decisión y, sobre todo, coherencia.

Quinteros, además, carga con una contradicción política que lo persigue: pasó años denunciando a este gobierno por presuntos hechos de corrupción. Fue una de las voces más estridentes contra el oficialismo. ¿Dónde quedó ese ímpetu? ¿Qué pasó con aquellas denuncias que lo mostraban como un férreo defensor de la ética pública? Hoy, su silencio es tan atronador como su trabajo es ineficaz. Y eso lo transforma, por acción y omisión, en parte del problema que antes cuestionaba.

En este contexto, no puedo dejar de advertir que los niveles de inseguridad en Córdoba no solo son alarmantes, sino que se agravan día tras día. Los cordobeses merecen respuestas, no excusas. Merecen seguridad, no relatos. Y merecen funcionarios que, más allá de su esfuerzo individual, puedan mostrar resultados concretos, medibles y sostenidos. Porque en política, como en la vida, no alcanza con hacer: hay que hacer bien.

Hoy vivimos encerrados, mientras los delincuentes se pasean impunes. Y eso no es solo una postal de nuestra Córdoba: es el fracaso más claro de una gestión que prometió seguridad y solo trajo más miedo.

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