Córdoba merece otra oportunidad

Por Miguel Nicolás – Secretario del Comité Provincia, UCR

Desde mi banca radical en la Legislatura Unicameral de Córdoba, he venido marcando con preocupación una realidad que no podemos seguir ignorando: la repetición ininterrumpida de gobiernos provenientes de un mismo signo político ha sumido a nuestra provincia en una inercia peligrosa, donde la gestión se ha vuelto rutinaria, predecible y profundamente desconectada de las necesidades reales de los cordobeses.

Este oficialismo ha optado por administrar en piloto automático. Su visión de futuro no trasciende la promesa de un cordón cuneta. No existen políticas de Estado a mediano ni a largo plazo, y lo que vemos en su lugar es una gobernanza fragmentada, sin rumbo, sostenida apenas por anuncios de obra pública menores o paliativos que no abordan los problemas estructurales que padecemos hace años.

La preocupación central del gobierno de Martín Llaryora parece no ser el bienestar de la ciudadanía, sino evitar controles, fiscalizaciones y auditorías que transparenten el uso de los recursos públicos. Nos enfrentamos a una administración que no rinde cuentas, que no explica con claridad sus prioridades ni cómo asigna los fondos del Estado. Esto, en cualquier democracia madura, debería encender todas las alarmas.

El “cordobesismo” —esa construcción política que alguna vez quiso ser una identidad de progreso— hoy está agotado. Lejos de representar un modelo superador, se ha convertido en una maquinaria que consume día a día las posibilidades, las esperanzas y las certezas de miles de comprovincianos. Gobernar con el miedo es su estrategia: miedo a perder el empleo, a no poder pagar los servicios, a no saber cómo enfrentar la próxima suba de impuestos, tasas y contribuciones. Esa es la perversa lógica de un poder que se vuelve autorreferencial y que ya no escucha.

Frente a este panorama, tampoco alcanza con figuras que se presentan como emergentes, transitorios o con la invocación cínica de quienes perdieron una elección tras otra y que ahora reclaman lugar apelando a la simpatía de ciertos medios nacionales. No estamos ante un sketch para el aplauso porteño. Esto es serio. Es la vida cotidiana de millones de cordobeses lo que está en juego.

Desde el radicalismo, seguimos siendo una opción política seria y sólida. Una fuerza con historia, con territorio, y con la capacidad de contener ese reclamo ciudadano que crece y se multiplica. Pero no podemos conformarnos solo con eso. Tenemos la responsabilidad de construir algo más grande, más generoso y más inclusivo. Debemos tender puentes a todos los hombres y mujeres que anhelan una Córdoba distinta, que buscan calidad institucional, respeto por las reglas y un futuro digno para sus hijos.

No se trata solo de ganar una elección. Se trata de construir una nueva mayoría que elabore, de forma participativa, un Plan Estratégico para Córdoba. Un proyecto que incorpore la experiencia de los sectores productivos, de los trabajadores, de los jóvenes, de las universidades, de los barrios y los pueblos. Un proyecto que mire más allá del cortoplacismo y se atreva a pensar el futuro.

Quizás ahí esté la clave para salir del letargo. Para encontrarnos como sociedad y encarar el porvenir que —creo sinceramente— sí nos merecemos.

Estamos a tiempo.

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