La política argentina ha sido testigo de muchas maniobras inesperadas, pero pocas veces una división interna ha tenido un impacto tan inmediato y dramático como el que se produjo ayer en la Cámara de Diputados. Gracias al silencio del bloque radical, el presidente Javier Milei logró sostener su veto a la reforma jubilatoria, condenando a millones de jubilados a seguir sobreviviendo con ingresos que apenas cubren sus necesidades básicas. Lo que se preveía como una derrota para el oficialismo de La Libertad Avanza (LLA) terminó siendo una victoria pírrica que solo logró exponer las grietas dentro de la oposición, y, en particular, la profunda crisis de la Unión Cívica Radical (UCR).

El veto, que bloquea un aumento de $14.000 para los jubilados, fue ratificado en una votación donde 153 diputados apoyaron la reforma, pero no lograron alcanzar las dos terceras partes necesarias para anular la decisión presidencial. La razón principal: cinco diputados radicales decidieron cambiar su voto y alinearse con el Gobierno de Milei. La UCR, un partido que supo ser bastión de la lucha por los derechos y la justicia social, hoy se tambalea al borde de la fractura, con figuras internas pidiendo la expulsión de los llamados «radicales tránsfugas».
El radicalismo en llamas
Lo ocurrido es sintomático de una crisis más profunda que afecta a la UCR desde hace tiempo. Si bien la votación de la reforma jubilatoria podría ser vista como un episodio más de la vida legislativa, la traición de estos cinco diputados –Martín Arjol, Luis Picat, Mariano Campero, Pablo Cervi y Federico Tournier– ha puesto en jaque la credibilidad del partido y, lo más grave, ha dejado a los jubilados desamparados en medio de una economía cada vez más asfixiante.
Los reproches no tardaron en llegar. Desde dentro del partido, figuras como el diputado Pablo Juliano se arremetieron duramente contra sus compañeros de bancada: «Los que se sacan fotos devuelvan sus bancas. Tengan el coraje político de que lo que hacen afuera lo hagan acá adentro», sentenció, evidenciando el nivel de descontento y frustración interna. La indignación no fue solo verbal; las redes sociales y los medios de comunicación replicaron el escándalo, mientras otros dirigentes radicales, como Emiliano Yacobitti, los acusaron de ser «radicales con Peluca», insinuando que en 2025 podrían presentarse como candidatos de La Libertad Avanza.
La ruptura dentro de la UCR no solo pone en duda la unidad partidaria, sino también la capacidad del partido para mantener una postura coherente frente a temas críticos. El presidente de la Convención Nacional, Facundo Manes, calificó de «traidores» a estos diputados, subrayando la ironía de que hace apenas dos meses votaron un favor de la reforma que ahora ayudaron a hundir. Esta crisis no es menor: afecta la credibilidad del radicalismo como principal partido de oposición, mientras Milei celebra su victoria y arremete contra aquellos que, según él, «intentan destruir el superávit fiscal» que su gobierno, con tanto esfuerzo, ha conseguido.
El costo de una victoria pírrica
El presidente Milei no perdió tiempo en capitalizar el resultado. En una declaración cargada de desdén, celebró que «87 héroes» lograron frenar lo que demostró un «despilfarro» de recursos públicos para aumentar las jubilaciones. Sin embargo, detrás de esta retórica, se esconde una realidad mucho más cruda: el veto a la reforma jubilatoria es un golpe directo a uno de los sectores más vulnerables de la sociedad argentina.
Las manifestaciones de jubilados en las afueras del Congreso no fueron solo una muestra de descontento; fueron el reflejo de una población que se siente abandonada por el Estado. La represión con la que fueron recibidos estos manifestantes es otra señal de la desconexión entre el Gobierno y la ciudadanía, que ve cómo las decisiones políticas se toman a espaldas de sus necesidades más urgentes.
Milei podrá celebrar su triunfo como una defensa del déficit cero, pero es inevitable preguntarse a qué costo. La tensión en las calles y el creciente malestar social sugieren que esta «victoria» está lejos de haber cerrado el debate sobre la política económica del gobierno. Mientras tanto, la UCR deberá enfrentar no solo el desafío de reorganizarse internamente, sino también el de recuperar la confianza de sus partidarios, que ven con asombro cómo algunos de sus representantes traicionan los principios más básicos de la justicia social.
Un futuro incierto
El panorama que se abre a partir de este quiebre radical es preocupante. La UCR, que en otro momento histórico fue un bastión de lucha por los derechos sociales, se encuentra hoy en una encrucijada que podría definir su futuro como fuerza política. El liderazgo de Rodrigo de Loredo está siendo duramente cuestionado, y aunque por el momento no ha tomado medidas disciplinarias contra los diputados que se alinearon con el Gobierno, la presión interna para hacerlo va en aumento.
En este contexto, la pregunta que queda en el aire es si la UCR podrá superar esta crisis y presentarse como una alternativa seria de cara a las elecciones de 2025. Mientras tanto, los jubilados, quienes deberían haber sido los verdaderos beneficiarios de esta reforma, Seguirán esperando que alguien en el poder, sea del partido que sea, finalmente los priorice.
