
Este último día de la semana, donde algunos comienzan su descanso y otros continúan con sus quehaceres laborales antes del fin de semana, el evangelio de Jesucristo según San Juan nos presenta la multiplicación de los panes como prefigura de la Eucaristía que se celebra en las comuniones cristianas, siendo la experiencia central en que se alimenta nuestra fe.
El verdadero seguidor de Jesús no puede vivir sin esta celebración. Aquí Cristo mismo da los panes y los peces a cada una de las personas de la multitud reunida, remarcando que hay un momento de encuentro personal, directo, cara a cara, sin intermediarios, con cada uno de sus fieles. Sabemos que nuestra fe es comunitaria y se practica en comunidad, pero eso no excluye la necesidad de tener momentos de intimidad con el Señor (Juan 6, 1-15).
En un mundo de intolerancia e injusticias que atormentan las vidas de las personas, los cristianos debemos reunirnos para confesar nuestra fe, escuchar la palabra de Jesús, agradecer a Dios por la vida y por su salvación, comulgar con Cristo y, de esa manera, salir fortalecidos para seguir buscando el Reino de Dios y su justicia. Porque la eucaristía, además de ser una celebración, es un don divino.
Es por eso que el señor convoca, reúne a todos, ora al Padre y da gracias; y esa frase «dar gracias», en griego, es eucaristía. Luego se reparte el pan y todos quedan plenos. Por lo tanto, Jesús nos está enseñando que es y como debe ser nuestra celebración. Pidámosle que el egoísmo, la intolerancia, la avaricia y todas aquellas conductas pecaminosas, no dejen a los padres sin el pan para vivir; y que nos ayude a transformar este mundo de ambición e indiferencia, de modo que haya pan para todos. ¡Que así sea!
Mauricio Sánchez.
