
A lo largo de toda esta semana, denominada «de la octava de Pascua», se destaca especialmente en qué la liturgia de cada día se celebra con las características de un domingo. El tiempo pascual da lugar a los días más festivos de todo el año litúrgico cristiano y durante un total de cincuenta días, hasta el día del Pentecostés, viviremos es este clima de alegría por la Resurrección de Jesucristo.
Hoy miércoles, primer día hábil de esta semana, el señor nos invita a despojarnos de todas nuestras angustias, a liberarnos de todos nuestros tormentos, a dejar atrás todas nuestras penas… Estos días son el comienzo de una vida nueva, libre de cargas y ataduras, solamente el amor debe estar con nosotros y nuestros seres queridos. La Familia debe renacer en el amor.
Padres e hijos, abuelos y nietos, tíos y sobrinos, madres e hijas, abuelas y nietas, tías y sobrinas, primas y primos; todos juntos unidos en Jesús Resucitado. Así, transitaremos la vida felices, contentos y esperanzados, porque Cristo camina a nuestro lado, acompañándonos en todo momento y en todo lugar. Y a la hora de la cena, siempre tengamos preparado un lugar especial para el Señor, porque Él se hará presente en la mesa como un amigo que nos alimenta.
De esto se trata el evangelio de hoy: abramos nuestro corazón al Resucitado para que habite dentro de nosotros y podamos encontrarlo siempre escuchando su evangelio y alimentándonos de Él en la eucaristía (Lucas 24, 13-35). Después del feriado largo, la palabra del Señor nos exhorta a la reflexión para poder apreciar que, a veces, nuestros deseos o esperanzas pueden ser muy superficiales o vanas.
Entonces, para evitar caer es esas situaciones, debemos buscar a Jesús, quien nos devolverá una realidad que seguramente supera a todo lo que esperamos. De esta manera nuestros corazones van a «arder» ante su presencia, porque Cristo es ese amigo fiel que siempre nos acompaña y nos ama infinitamente. Su gran amor nos libera y nos llena de una vida nueva. Es decir, que todo cristiano es un hombre «pascual», «resucitado», al que Cristo resucitado comunica su vida nueva, gloriosa y plena.
Por lo tanto, vivamos junto a Jesús resucitado que está presente donde dos o más se reúnan en su Nombre, pero también en los pequeños y en los humildes, en los sacramentos y en tantas otras formas más, para que nos ilumine y nos fortalezca, para que podamos ver y aceptar las diversas formas en que él puede estar entre nosotros.
Que estas noches, al compartir el pan, la Familia sepa que hay un invitado especial, que, por su eterno amor, nos concedió la salvación, nos liberó de todos los males y nos regaló una vida nueva.
Mauricio Sánchez
